Lienzo donde se representa la imagen idealizada del explorador Vasco de Gama sobre 1838. © Manel da Fonseca

Vaya con los portugueses, un país pequeño (modesta cuna para António Vieira), que tiene al ancho mar como su tumba. Resulta que ahora nadie se quiere mezclar con ellos, por eso de la crisis financiera, pero conviene recordar que buena parte de la imagen del mundo occidental se la debemos a unos cuantos marineros que se dedicaron a mezclar un triángulo perfecto: aventura, rutas comerciales y viajes desconocidos. ¿Alguien da más en pleno siglo XV? Uno de esos marineros fue Vasco de Gama, que no se le ocurrió otra cosa que ir directamente a la India y no pagar a intermediarios para obtener las afamadas especias. Nada de recortes, al toro por los cuernos.

Fue un viaje audaz y extremo, uno de los más alucinantes que se ha planificado jamás, con la excepción del de Cristóbal Colón. Permítanme la comparación, Vasco de Gama sería a nuestros ojos como el primer astronauta que ponga el pie en Marte. Eso sí, seguro que ese señor no será portugués. ¿Se imaginan la bandera que ondeará en el cráter de Schiaparelli? Mejor pensar en otra cosa, en otro viaje.

La flota, compuesta por cuatro cascaras de nueces y ciento setenta y cinco hombres, levó anclas en Belem, al sur de Lisboa, el 8 de julio de 1497. Formando un gran bucle en África, no vieron tierra a los largo de más de cinco mil kilómetros para fondear en la actual Sudáfrica el 4 de noviembre. Vaya singladura. Y ahí  no quedó la cosa. A continuación tuvieron sus problemillas en la isla Zanzíbar, en el Índico. Unos veintitrés días después llegaron, con los monzones favorables, a la India el 20 de mayo de 1498.

Portada del libro de Isabel Soler sobre el viaje. © Acantilado

Edita la firma Acantilado, Derrota de Vasco de Gama, la relación original del viaje en versión anotada y traducida al español por Isabel Soler. Las relaciones con los indios fueron en principio amistosas y luego se complicaron con el reyezuelo de Calicut. Cargaron los barcos y tres meses después llegaron a Portugal cuarenta y cuatro hombres después de recorrer 23.000 millas. Desde los lejanos tiempos de Alejandro Magno, no había existido un contacto entre occidentales en hindúes de ese calibre.

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