El trompetista norteamericano Chet Baker fue el máximo representante del estilo cool,el west coast jazz de los años cincuenta. © Getty Images

El reputado ganadero de bravo don Antonio Llaguno González pasó a mejor vida en 1953 y legó a su primogénito José Antonio —Toño Llaguno para el orbe taurino— las riendas de la divisa de San Mateo, aquella que inaugurara la inmensa Monumental Plaza México un 5 de febrero de 1946 junto a una terna excepcional: Luis Castro El Soldado, Manuel Rodríguez Manolete y Luis Procuna. Los cambios fueron un poco más allá de la mera formalidad de una herencia de padre a hijo. De entrada, toros, vacas y sementales se trasladaron desde la hacienda El Sauz, en Valparaíso (Zacatecas), a la finca Rancho El Cuarto, en Villa Jiménez (Michoacán), cerca de Morelia. Era un personaje sumamente interesante, este Toño Llaguno. Sordomudo de nacimiento, esa compleja tara no le impidió dedicarse en cuerpo y alma, y hacerlo además con sobrado éxito, a una de las pasiones que le inocularon desde pequeño.

El joven criador, tan cordial y educado en su vertiente de personaje social como solitario y ensimismado en según qué circunstancias, cultivó otra pasión hasta cierto punto inexplicable y de la que solo tenían constancia sus más íntimos: nada le proporcionaba mayor estado de paz que acercarse a un local de Morelia —el 35 Jazz Club & Dub—, tomar asiento lo más cerca posible del escenario, pedirse un trago largo de tequila José Cuervo Black, solo uno, encenderse un Montecristo Edmundo, uno solo, y marcar con los dedos índice y corazón de su mano izquierda sobre el mármol de la mesa redonda un ritmo que, cabe suponer, simplemente intuía. Su camarero de confianza en el local, un tal Salomón Ochoa, otro fanático del jazz y la tauromaquia, le reservaba un sitio de privilegio a la izquierda del escenario, frente a un imponente Bechstein sobre cuyas teclas el sordomudo Toño gustaba imaginar el movimiento de las manos negras con dedos anillados en oro de Thelonius Monk, por poner un ejemplo ambicioso.

Aquella temporada del 53 se despedía de los ruedos Silverio Pérez, El Faraón de Texcoco, una de las mayores glorias del toreo azteca. Desde los primeros días de diciembre del año anterior, el matador decidió encerrarse en el rancho de su buen amigo Toño Llaguno y prepararse a conciencia para el adiós oficial a la profesión, programado para el 1 de marzo en la Monumental Plaza México. En el coso más grande del mundo, Silverio hizo historia después de cortar el primer rabo a Barba Azul, un toro del hierro de Torrecilla (propiedad de Julián Llaguno, tío de Toño por cierto). La gesta del Faraón no quedó ahí, pues le ganó el pulso al mismo Manolete, ilustre compañero de tantos carteles en México, con el que actuó mano a mano aquella tarde del 16 de febrero de 1946.

Una noche de sábado, a finales de enero, Toño Llaguno se hizo presente como tantas veces en el Jazz Club & Dub. Salomón, su camarero de guardia, le hizo una señal de respeto, le instó a que ocupara su mesa habitual y le entregó un papel en el que, con letra grande y redonda, podía leerse:

—El trompetista que actúa esta noche se llama Chet Baker. También canta. Americano, 24 años. Ha alternado con Stan Getz, Charlie Parker y Gerry Mulligan. Se estrena en México con su propio cuarteto.

Ciertamente, todavía no había grabado Chet sus primeras piezas para el sello Pacific Jazz, pero comenzaba a moverse con su flamante cuarteto y, en efecto, aquella noche de enero del 53 hacía su primera incursión en los escenarios mexicanos. Toño Llaguno le devolvió el papel a Salomón con un añadido en forma de doble interrogante:

—¿Quién lo ha traído? ¿Alguien lo ha visto en directo?

Salomón se encogió de hombros, dando a entender que no sabía nada, y fue a buscar un cenicero grande y el largo de José Cuervo Black. El Chet Baker Quartet estaba ya tomando posiciones en el escenario. La velada resultó, de cabo a rabo, inolvidable.

 

Chet Baker fue un buen ejemplo de lo que se ha venido en llamar genio salvaje del jazz . © The Fashionisto

Una hora y cinco minutos después Salomón, que chapurreaba inglés, le indicó a Baker que el señor que estaba sentado a la izquierda del escenario tenía intención de felicitarle. El fiel camarero, lápiz y papel en ristre, ejerció de mediador en la peculiar y breve charla que mantuvieron el ganadero y el músico. Después de intercambiar un par de palabras de cortesía, de que Toño se presentara y explicara a qué se dedicaba y de que Chet se bebiera cuatro largos de tequila y se fumara otros tantos Camel sin filtro, se formalizó la invitación por escrito.

—Me encantaría que viniera mañana a mi rancho, a partir de las cinco de la tarde. Tendremos tentadero, actuará Silverio Pérez, una gran figura del toreo mexicano, y podrá conocer lo que es mi mundo de primera mano, como esta noche he conocido yo el suyo. Salomón se encargará de recogerle y llevarle en coche hasta allí.

Chet Baker, bastante perjudicado a esas alturas por la ingesta masiva de tequila, soltó un puñetazo sobre la mesa y le transmitió a Salomón un inquietante mensaje:

—Cuenta con ello, tío. A lo mejor me da hasta por torear, como su amigo Silverio.

Salomón Ochoa y Chet Baker se personaron al día siguiente en la plaza de tientas de Rancho el Cuarto casi dos horas después de la cita convenida. El músico americano, como era de esperar, prolongó la noche en Morelia hasta altas horas y lo pasó en grande: alcohol, drogas y mujeres morenas, lo de siempre. Sin embargo, se bajó del coche aseado, peinado con fijador, con el inseparable Camel sin filtro en la mano izquierda y la trompeta sujeta descuidadamente en la derecha. 24 años daban para eso y para más. Cuando Toño Llaguno los vio aproximarse a la plaza de tientas llamó a capítulo a Silverio Pérez, que acababa de torear la segunda vaca de la tarde.

Salomón no cabía en sí de gozo, realizó las presentaciones oportunas y procuró no separarse ni un minuto del anfitrión americano. El grupo, en fin, se dirigió hacia el ruedo. Toño se parapetó tras el palco reservado a los ganaderos, Salomón y Chet Baker hicieron lo propio detrás de un burladero. En el principal se situó Silverio con uno de sus peones de confianza. Iba a salir ahora al ruedo un utrero, un toro de tres años, una prueba algo más exigente. Terminaría la jornada para el torero de Texcoco con la lidia y muerte a puerta cerrada de un cuatreño.

No perdía ojo Chet Baker de lo que estaba empezando a realizar Silverio en el ruedo a aquel utrero de San Mateo. Cuando cambió el capote por la muleta, Toño Llaguno le hizo un guiño cómplice al músico. El Faraón, ajeno a lo que se estaba cociendo —el pitón bueno del animal era el izquierdo— se puso a torear al natural sin mayores probaturas. Chet Baker, que no paraba de reír desde que llegó al rancho, comenzó a señalarse el pecho. El ganadero llamó la atención de Silverio con un silbido. Salomón terció, nervioso:

—El señor ganadero quiere que el músico lo intente….

Silverio volvió la vista y se encontró de frente el rostro anguloso y la franca sonrisa de un Chet Baker que, sin soltar la trompeta que llevaba cosida a la mano derecha, tomó la muleta con la izquierda, como había visto hacerlo hace unos segundos. El caso es que se quedaron solos en el ruedo el músico americano y el utrero de San Mateo. Fue un visto y no visto. Chet Baker adelantó la tela grana y citó con suavidad.

Cuando éste se arrancó, con brío, nobleza y recorrido, le instrumentó un natural interminable, cargando la suerte, enganchado el viaje delante y rematado detrás, en un movimiento armónico, lentísimo, de una profundidad inexplicable. Lejos de pretender ligarlo con el siguiente, Baker soltó una carcajada, buscó con la mirada a Toño Llaguno y le hizo una especie de reverencia que repitió ante Silverio Pérez cuando le devolvió ceremonioso la muleta.

Nadie fue capaz de pronunciar una sola palabra. Salomón se empeñaba en secarse un par de lágrimas, el gran Silverio parecía levemente enojado, a Toño se le había iluminado el rostro pese a que la tarde caía sin remisión. El joven y espléndido Chet, recostado sobre un burladero, tuvo la feliz ocurrencia de comenzar a interpretar con la trompeta las primeras notas de un tema titulado Maid in Mexico. Un sonido mágico que, aunque muy débilmente, tuvo la completa sensación de escuchar Toño Llaguno, extasiado por completo a esas alturas de la memorable jornada de campo.

Ángel Cervantes
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