Mapa del norte de África de 1707 según Guillermo Delisle, ampliándolo se aprecia la isla de San Borondón algo al oeste de Canarias.. © Wikipedia

Sería fácil llegar a ella, al oeste del archipiélago de las Canarias, 550 kilómetros en dirección oeste-sudeste de la isla de La Palma. Mediría 480 kilómetros de norte a sur y 155 de ancho, se vería bien de lejos gracias a una gran depresión en medio de la isla, elevándose a los lados dos prominentes montañas. Pues bien, pese a todo, el poderoso Google Map no ha conseguido localizarla, ¿Cuál es el misterio de esta ínsula?

Lo primero que nos llega de San Borondón es por el monje irlandés Saint Brendan de Clonfert (480-576 d.C.). Según la leyenda celta el monje irlandés partió hacia las islas de la Felicidad y la Fortuna, a la que llamaba “Tierra Prometida de los Bienaventurados”. El monje de Tralee (actual Irlanda) partió junto a catorce compañeros a través del Atlántico buscando las maravillosas islas para llevar la palabra de Dios. Cuentan que durante el viaje, la frágil embarcación mantuvo encuentros con demonios y criaturas gigantes “que escupían fuego”, e incluso recogieron a otros tres monjes durante la travesía. Lo cierto es que Brendan y sus compañeros llegaron a una isla, en la que desembarcaron. Había gran vegetación y los árboles cubrían la mayor parte de ella. Tras celebrar una misa, la isla comenzó a moverse; se trataba de una gigantesca criatura marina, sobre cuyo lomo se encontraban los religiosos. Después de muchas aventuras, Brendan pudo regresar a su condado natal de Kerry.

Con el paso del tiempo, las Canarias son conquistadas por los castellanos en el siglo XV. El relato del monje irlandés sigue presente y son varios los navegantes de la península que aseguran haberla avistado entre brumas el oeste de La Palma, El Hierro y La Gomera. Ninguno llega a sus playas, “ya que la bruma la envuelve y la hace desaparecer”. Falta tiempo para que la isla sea identificada como la mítica tierra del monje Brendan, que con el tiempo se conoció como San Borondón.

Tal es el grado de creencia en la mítica isla, que el Reino de Castilla habla de su soberanía “sobre las islas de Canaria descubiertas y por descubrir”. Incluso hubo una expedición oficial desde Tenerife para conquistarla. El Tratado de Alcaçovas (1479) entre Portugal y España, especifica que “la isla de San Borondón, aún por ganar, pertenecía al archipiélago canario. Y el ingeniero del rey Felipe II, Leonardo Torriani, encargado de fortificar las Canarias finales del XVI, describe las dimensiones y la localización de San Borondón, según testimonios de marinos de la zona que aseguran haber llegado a sus costas de forma fortuita.

Edward Harvey.  © Albelo Media

Más de cinco expediciones hay constatadas (1526, 1570, 1604, 1721) entre españoles y portugueses, donde ven o arriban a la extraña Isla del monje, pero no será hasta 1862 cuando Edward Harvey, un reputado naturalista escocés amparado por la Royal Society de Londres, llegue a las Canarias (y a Madeira) para estudiar su flora. En este viaje referencia “que más allá de las islas, hacia poniente, se encuentran otras islas que no pertenecen a las colonias… sería de gran interés para la Royal Society poder acceder a estas tierras y estudiar su naturaleza”. De nuevo, San Borondón.

En septiembre de 1864 ya está en Santa Cruz de Tenerife. Harvey ha conseguido los fondos suficientes para ir a buscar San Borondón. Tras un primer intento fallido, en enero de 1865 pone rumbo a La Palma, desde donde parte para San Borondón. Tras una terrible tempestad que daña gravemente a su barco, Edward toca tierra el 14 de enero de 1865, según él desconocida hasta la fecha y en medio del océano. Permanece en aquella isla del 14 al 21 de enero. 

Tras su regreso a Londres prepara durante meses “su gran descubrimiento”, pero una terrible enfermedad le acompaña en su regreso a Europa. Edward desorientado y, con delirios, empeora. Fallece el 8 de febrero de 1903 en su casa de Londres. El descubridor de San Borondón no ha podido ver acabado su sueño de dar al mundo su descubrimiento, desacreditado por sus colegas y enfermo, sus trabajos se quedan sin ver la luz. ¿Isla, volcán o ballena? ¿Simplemente una leyenda? San Borondón, la isla invisible.

José Antonio Esquinas
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