Amelia Earhart posa de pie, bajo el fuselaje del Lockheed 10-E Electra. Fotografía George R. Rinhart de 1937. © Wikipedia

Ya he confesado en otros artículos mi devoción por los barcos, y sin son de vela y se han visto comprometidos en una batalla, mucho mejor. Y ahora les haré otra confesión íntima: me chiflan los aviones. Pero nada de low cost, por favor, de hacer cola para el embarque, rumiar unos míseros cacahuetes y esperar en aeropuertos anodinos. Como siempre, prefiero la aventura, aunque sea en zapatillas, que en el fondo son las que más te alimentan. Por eso me encanta lanzarme en picado desde la cabina de un Stuka o seguir las instrucciones de Hans-Joachim Marseille en el norte de África.

Pero, aunque no lo crean, volar me da pánico, tal vez porque tengo en mente las preocupaciones de un as de la aviación en cualquiera de las guerras en las que han participado los aeroplanos: «¡Camarada, esta misión puede ser la última!». Esas cosas marcan cuando sobrevuelas el Telemark, por ejemplo. Como me mareo en una escalera de tres peldaños, poco puedo hacer a los mandos de un P-52 real, y si hay que hacer escala en Mallorca —no me pregunten el porqué, pero siempre es allí—, no tengo el cuerpo como para acompañar a Charles Lindbergh en El Espíritu de San Luis.

Y en esto que un buen día llegó Amelia Earhart a bordo de un Lockheed Vega 5B: «Venga, te doy un paseo, vamos a cruzar el desierto del Sáhara…». ¿Quién puede resistirse a una mujer con esos bríos? Adiós pánico y mareos. La valiente Earhart fue una de las pioneras de la aviación. Y la verdad es que es verla y a uno le tiemblan las piernas, a pesar de ese aire de chico malote con la cara tiznada de grasa y esas cazadoras de cuero que ya no se venden ni en internet. Sin embargo, encarna una de las tragedias más literarias que se puedan narrar de la historia de la aviación.

Veamos. Desapareció en 1937. Intentaba entonces dar la vuelta al mundo (¡vaya mujer!) y se le perdió la pista en algún lugar no identificado del océano Pacífico. Sería, nada menos la primera mujer en conseguirlo y, además, la mayor distancia posible circunnavegando el globo en su ecuador. Era tan popular que el presidente Franklin D. Roosevelt autorizó la búsqueda con nueve barcos y sesenta y seis aviones. La intrépida aventurera había escogido como destino final la isla de Howland, un paraíso al que nunca llegaría. Todavía la estamos esperando en la pista de aterrizaje. 

Ahora ese islote, apenas tres kilómetros cuadrados de finas playas coralinas, es uno de los pocos paraísos que quedan vírgenes en el planeta. Como lo oyen. De soberanía norteamericana, no se puede aterrizar, pobre mecánico Fred Noonan, sino llegar en barco. Además hay que tener el permiso necesario, después de ocho días navegando desde las islas Hawái. Vamos, lo que se dice un paraíso. No te preocupes Amelia, cualquier día te llevo un ramo de flores a bordo de un Catalina y me hago una foto para subirla al Instagram.

Fernando Martínez
Editor de FM Revista de Cultura
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