Hoja bloque emitida en 1997 de la serie Barcos de guerra de los servicios postales de Gibraltar. © Marktplatz Philatelie

A veces un nombre sonoro y rotundo representa realidades contrapuestas. He aquí un buen ejemplo: Cleopatra. La polisemia es tentadora y, a la vez, creadora de historias plagadas de ese tinte añejo de la aventura. El HMS Cleopatra, un crucero ligero de la clase Dido, se botó el 27 de marzo de 1940. Después de concluir los trabajos mecánicos y de municionamiento, fue dado de alta el 5 de diciembre de 1940.

El Reino Unido estaba solo luchando contra el nazismo y este tipo de barcos era la respuesta perfecta para defender los convoyes de suministros provenientes del Mediterráneo y del Atlántico. El buque, siguiendo el camino de su legendario nombre, fue destinado a Gibraltar, donde arribó a principios de 1941. El 9 de febrero cambió de destino: Malta. Allí  fue dañado por una bomba. Después de la reparación, fue trasladado a Alejandría a principios de marzo, en cuadrado en el XV Escuadrón de Cruceros. Fue el buque insignia del almirante Philip Vian durante la segunda batalla de Sirte, cuando su grupo de cuatro cruceros ligeros y 17 destructores resistió la fuerza italiana, que incluía al acorazado Littorio. En junio de 1942 cubrió la Operación Harpoon y en agosto bombardeó Rodas como un ataque de diversión de la Operación Pedestal.

No vuelve al combate hasta 1943 por problemas técnicos en el dique seco. Se encuadra entonces en la Fuerza Q, donde hostigó la ruta alemana cerca de Túnez. Posteriormente apoyó el desembarco aliado en Sicilia, pero el 16 de julio de 1943 fue torpedeado por el submarino italiano Dandolo. Las reparaciones no concluyeron hasta 1944, en los diques norteamericanos de Filadelfia. Ahora su destino fue las Indias Orientales, en concreto en Singapur, donde se convirtió en el primer buque aliado que entró en el puerto, perdido años antes ante los japoneses. Una vez acabada la II Guerra Mundial, se incorporó a la Home Fleet hasta el 15 de diciembre de 1958, pues ese día se entregó para su desguace en Newport.

El destructor HMS Cleopatra navegando. © Wikipedia

No sabemos la extraña razón que le llevó al Almirantazgo a bautizar un crucero ligero con el nombre de la antigua reina de Egipto. Tal vez fue homenaje histórico o pura osadía, pero no es menos cierto que estamos ante uno de los nombres más sugerentes de un navío de guerra. Cleopatra, que era la VII de su dinastía, no era egipcia sino macedonia, como Alejandro Magno. Descendía de Ptolomeo I y fue la última reina del periodo helenístico en Egipto. Casi dos mil años después, un buque surcó los mismos mares en los que se enfrentaron las flotas de Marco Antonio y Augusto, pero ondeando la Union Jack. Más allá de las películas norteamericanas y de su capacidad para seducir a los estadistas romanos, Cleopatra supo bandearse entre los hombres más poderosos del momento para mantener la precaria independencia de su país, el futuro granero de Roma.

Última de las realidades que encierra una palabra. El servicio postal de Gibraltar, muy atento a los temas navales por razones obvias, añadió en el año 1997 (SG 809) un párrafo más a la historia que venimos contando. En su célebre serie sobre barcos de la II Guerra Mundial, elaborada a partir de hojas bloque que se iniciara en 1994, incluyó el HMS Cleopatra en una bella composición junto al crucero de batalla HMS Enterprise de la Royal Navyel acorazado norteamericano USS Iowa y el destructor polaco Orkan.

En el sello se pueden apreciar las elegantes líneas del buque, la disposición de sus cañones y el perfil del Peñón, visión que tuvieron muchos de sus tripulantes a principios de 1941 cuando pusieron proa a una de las bases más importantes del Imperio Británico en el mayor conflicto bélico que ha padecido la humanidad. Muchos de aquellos marineros siguen vivos y todavía hoy se reúnen para rememorar antiguos recuerdos. Su última cita se celebró en Coventry en 2008. Su página web es una buena excusa para seguir las andanzas del barco que llevó el nombre de la antigua reina de Egipto por el Mediterráneo.

Fernando Martínez
Editor de FM Revista de Cultura
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