En 2011 fueron una vez más filatelizados los famosos macacos de Gibraltar. © Gibraltar Stamps

No lo puedo evitar, cada vez que cruzo la frontera entre España y Gibraltar —sí, lo han oído, todavía existe una frontera con su aduana y todo— me siento un fusilero del regimiento Húsares de la Princesa. Porque uno ha seguido las peripecias del escritor José Cadalso y eso de morir en el Gran Asedio, aunque sea por accidente, tiene sus gotas de gesta heroica. Allí me presento, pongo cara de teniente de artillería y doy los buenos días.

Por eso, después de comprar un perfume y un cartón de tabaco (para un amigo, lo juro) le pregunto a un bobby por la residencia de sir George Elliot, por si quiere echar una partidita de brigde. Se sonríe y me contesta en un llanito impecable: “En los jardines de la Alameda, allá abajo, muy cerca de los monos está su monumento”. Vaya, me he equivocado de siglo. Gracias, le respondo. ¡Ah… Los monos… esos seres humanos en miniatura que se niegan a hablar con nosotros!

¿Entonces están cerca los monos?, le pregunto otra vez. El bobby me dice que sí y me hace señas para que me limpie la comisura de los labios. Tenía chocolate, ya llevaba en el cuerpo dos chocolatinas hipercalóricas de la marca Cadbury. “Tenga cuidado con la comida, los monos se chiflan (en andaluz) por las golosinas». Me tengo que parar porque hay un cambio de guardia frente al palacio de gobierno, me contengo, estoy a punto de ponerme a desfilar con la bandera del regimiento del Príncipe nº 3

¿Y los monos…? Pues allá arriba, en la cumbre del Peñón. Sestean, miran con desdén a los turistas, entre los que me incluyo, y posan con desgana ante las Blackberrys y los iPhones, si es que estas palabras se pueden escribir en plural. Hay una mona que se parece a sir Albert Don y una más vieja es clavadita a Margaret Thatcher. Dicen que cuando ya no haya monos en la Roca, los ingleses se habrán marchado para siempre. La verdad, lo dudo.

Acaba la excursión de un día, que se mueve entre la convención friqui y la ruta turística. Prefiero comprar un recuerdo en forma de serie postal conmemorativa. Cualquiera pasa la frontera con un mono a cuestas. A lo mejor mi madre lo haría, cualquiera sabe. ¡Si se enterara el viejo Winston Churchill…!

 

Emisión de 1999. © Photobucket 

Fernando Martínez
Editor de FM Revista de Cultura
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