El francés Philipp de Ferrary se convirtió en el mayor coleccionista de sellos de correos. © Wikipedia

Este señor con cara de rancio y ojos esquizoides tenía un nombre tan amplio como su cartera. Se llamaba Felipe von Ferrary de La Renotière, Herzog von Gallièra en Ingenua. Nació el 11 de enero de 1850 en París, en el lujoso hotel Matignon, residencia actual del presidente de la República de Francia, el archiconocido palacio del Elíseo. Pasó sus primeros diez años de vida como un rico cualquiera, ya me entienden, cena por acá, viajes por allá… en fin, actividades de millonarios

Pero un buen día decidió coleccionar sellos, pues había recibido la fortuna de su difunto padre, calculada en unos diez mil millones de francos, casi nada, un pellizco. Levantó comentarios entre sus familiares y amigos, pues pocos entendían pagar por tener en un álbum unos pedacitos de papel engomado. Poner en orden el caos de los recuerdos, así definió Walter Benjamin el coleccionismo. Ferrary era eso, un coleccionista que trató de poner en orden el caos de las primeras emisiones postales, las clásicas.

Y con ese montante de billetes se consagró durante toda su vida a una cosa: coleccionar sellos de correos. Vestía de forma astrosa, tal vez una gabardina gastada y una boina roída por los años, y dedicaba a los demás una mirada retraída. Con dos secretarios y un apoderado se dedicó viajar por el mundo en busca de los sellos más raros. Se hacía fuerte en un hotel, se alojaba en la habitación más cara y esperaba al otro lado de una mesa la visita de particulares y comerciantes filatélicos.

La colección de sellos empezó a engordar de tal forma que la tuvo que dividir en dos partes, una en París y otra en Suiza. Dejó los negocios de su padre y transformó su despacho en el centro de operaciones de la colección más completa de la historia, pues era la única universal: contaba con todas las emisiones postales del siglo XIX. Entre sus posesiones se encontraban ejemplares de las mayores rarezas, a saber, el 1 centavo magenta de Guayana Británica, el famoso post office de Mauricio o el 2 centavos de las islas Hawái.

El señor Ferrary se llegó a gastar a la semana unos cincuenta mil francos, pero un buen día falleció, el 20 de mayo de 1917, en plena Gran Guerra. Legó su colección al Museo Postal de Berlín, pero al final de la guerra fue embargada de forma irregular, pues Alemania perdió la guerra, por lo que se puso en pública subasta desde junio de 1921 hasta noviembre de 1925. Las arcas del estado francés se llenaron con veinticinco millones de francos en tan sólo cuatro años. Si coleccionar consiste en la ilusión de atrapar el presente. Triste reflexión: su fantástica colección de sellos apenas le sobrevivió unos años.

Fernando Martínez
Editor de FM Revista de Cultura
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