El diestro Paco Ureña durante una de sus actuaciones en Las Ventas durante la Feria de San Isidro. © Sue Ballesteros

Dimes y diretes (entrevistas poco vistas)

Paco Ureña (Lorca, 1982). Matador de toros, cumplirá una década de alternativa el próximo 17 de septiembre. Una trayectoria marcada por la lucha, el dolor y la insatisfacción que, de manera gozosa, viene tornándose en un presente muy esperanzador. Tiene por costumbre, de un tiempo a esta parte, sembrar las plazas más importantes de excelentes faenas que han calado en el corazón de los aficionados exigentes. Suele suceder cuando un torero cuyo nombre empieza a sonar con cierta fuerza hace cosas delante de un tipo de toro bravo y encastado que no están al alcance de cualquiera. ¿El secreto? Torear aplicando siempre el canon eterno, sorprender desde el clasicismo y empeñarse en practicar las suertes con pureza, verdad, autenticidad (despacio, de frente, por debajo). Una tauromaquia para disfrutar, una propuesta para los paladares más selectos.

• Partamos de una base belmontina que por muy manida que parezca se nos hace incuestionable: se torea como se es. Usted transmite una serenidad que, más que conectar, deja prácticamente helados a los tendidos. Parece un hombre tranquilo, capaz de trasladar esa calma al ruedo…

Mi profesión me ha enseñado a tener y cuidar el tesoro más valioso, que es la paciencia, saber esperar ha sido una de las claves de mi carrera. Es cierto que se torea como se es, por mucho que pueda sonar a tópico. Si intentas ocultar algo delante de un toro, al final éste te saca la verdad.

• No ha sido fácil lo suyo, desorejar a un toro de Victorino Martín en Sevilla. Más difícil todavía, entiendo, es sobrevivir a un indulto inmediatamente posterior a una faena, la suya, que se recuerda tanto como un hecho histórico de ese calibre.

No me preocupa nada de eso. En primer lugar, estoy muy contento por el hecho de que se indultara a un gran toro, por la faena de Manuel Escribano, por Victorino y, en general, por el toreo. Con este tipo de sucesos nos hacemos más grandes los que amamos al toro. Eso no quita para que reconozca que, después de todo eso, el hecho de que se siga recordando mi faena me llena de orgullo. Eso es para mí lo más importante.

Nunca llevo en la cabeza nada premeditado, al menos conscientemente. Porque toreando de salón sí que sueño y hago todas esas cosas que siento. La plaza es otra dimensión…

• ¿Quién le habló por primera vez de torear despacio, de hacerlo de frente, de bajar la mano, del misterio que encierra el toreo bueno, en definitiva?

Creo que es algo innato en mí, forma parte de mi modo de ser, pero es cierto que me ha obsesionado mucho torear despacio. Recuerdo unas imágenes del maestro Manolo Sánchez en Valladolid con la mano izquierda que jamás he vuelto a poder ver, no he visto torear más despacio. ¡Increíble!

• Decíamos que su toreo destila serenidad. Cierta fragilidad también, si me lo permite, y no lo tome como una crítica, al contrario. ¿Cree que ese contraste, el toreo frágil, delicado, frente a la pujanza de la bravura, de la casta, puede ser una de las claves de su tauromaquia?

La verdad, no sabría decirle. Como he dicho antes, creo que lo importante es torear como se es.

• Hace tan solo dos años manifestó que estuvo a punto de tirar la toalla y renunciar a su sueño. ¿Qué fue lo que pesó para apretar los dientes y seguir hacia adelante?

Lo primero, mi amor al toro. Es verdad que la paciencia ha sido también determinante… Y el convencimiento, creer y sentir que en mi interior hay algo que necesito sacar.

• Ha cautivado, entre otras plazas de máxima exigencia, las de Madrid y Sevilla. ¿Qué cree que le ha dado a cada una de ellas para que se le hayan entregado sin condiciones? ¿Hay tantas diferencias entre una y otra?

Muy sencillo: a ambas plazas les he dado verdad. Toda mi verdad como torero y como persona.

• ¿Cambia su planteamiento o su forma de ver las cosas en otra plaza en la que ha triunfado con fuerza, Pamplona, tan importante como peculiar en su forma de entender la Fiesta?

No, no, en absoluto. Yo toreo de la misma forma, como sé hacerlo, en cualquier plaza o delante de cada animal que tengo la suerte de torear.

• Le regalo una frase que me confesó hace años Curro Romero, seguro que se identifica: «Lo mío es torear despacio, me gusta el toreo que tiene posición, que es como me siento; me gusta obligar a los toros, cambiarle las trayectorias, no hacerlo superficial, en línea recta».

Bonitas palabras, y sobre todo cargadas de mucha verdad…

• Un oficio vocacional como pocos, éste que ha elegido… ¿Cuándo se dio cuenta de que ya no había vuelta atrás?

Lo cierto es que siempre lo he tenido muy claro, desde el primer día que decidí ser torero.

• Una pregunta con cierta maldad: ¿por qué se practica tan poco el toreo de frente, una de sus señas de identidad?

Pues no lo sé, supongo que es algo que tienes que sentir… Y fácil tampoco es, la verdad.

• El final de la faena a Galapagueño en Sevilla (ayudados por bajo estéticamente impecables) fue determinante para el triunfo final. ¿Pura improvisación que brotó con naturalidad o la tenía bullendo previamente en la cabeza?

Nunca llevo en la cabeza nada premeditado, al menos conscientemente. Porque toreando de salón sí que sueño y hago todas esas cosas que siento. La plaza es otra dimensión.

• Sorpréndanos para terminar. ¿Cuál fue el primer torero en el que puso sus ojos?

José Tomás, sin duda. Ha sido y es el torero que ha marcado mi vida.

Ángel Cervantes
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