Mientras haya niños que quieran jugar al toro, la Fiesta puede luchar por su continuidad. © FM Revista de Cultura

Tenía que ser de toros. Después de 23 años ejerciendo como periodista taurino, todavía en activo, el primer paseíllo en esta revista digital, verdadera guardiana de las palabras y las historias, no podía ser ni de libros, ni de cine, ni de política ni de esas cosas que me encuentro por la calle y que dan para un artículo: tenía que escribir de toros. Pues con su permiso.

Porque hoy en día casi tenemos que pedir permiso los taurinos para hablar de toros. O pedir perdón, que esa es otra. Pues hablo de toros porque sí. Porque un domingo me reencontré con el fondo de todo esto. Que no está en las grandes citas de la temporada, ni tampoco en esas peregrinaciones tan de moda y cantadas por analfabetos taurinos (cualquiera se cree ahora hábil y agudo notario de la realidad) a través de ese horror del Twitter. Por debajo del oro de los vestidos de torear, del dólar de los despachos y de la guerra de los derechos de imagen, la verdad de todo esto la encontré el domingo en Abarán, que es un pueblo murciano que tiene una plaza de toros estupenda.

Allí me encontré a estos dos mozos de la foto: inocentes, puros y limpios niños toreros. Al verles dibujar pases de ensueño a la embestida de un carretón y seguir la lidia de los becerros sin pestañear subidos en un cajón de cervezas, me di cuenta de que esto no se acaba. Yo, que últimamente arrastro un pesimismo casi enfermizo por vislumbrar con certeza el final de la tauromaquia si las pocas mentes claras que hay en el toreo no lo impiden, me vine arriba como un toro bravo en banderillas. Subidón optimista-taurino.

Mientras haya niños así, o como ese otro más mayorcito que esa misma tarde rompió a llorar porque no le dejaban torear al encontrarse con un brazo enyesado hasta el codo, la Fiesta puede luchar por su continuidad. Que los de ahora, esos que con sus exigencias de negociantes natos del toreo están poniendo en peligro su futuro, piensen en estos pequeños. Por la cuenta que nos trae. 

José Enrique Moreno

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