El filme Abraham Lincoln, cazador de vampiros da una vuelta de tuerca más al presidente más carismático de Estados Unidos. © io9.com

Ahora resulta que el bueno de Abraham Lincoln era desde jovencito un implacable perseguidor y exterminador de vampiros, vaya por dios (!). Ya sea por una película reciente o por la mente calenturienta de un joven guionista de Hollywood, la doble cara de los líderes políticos aflora en las crisis, en las más gordas, cuando usted o yo mismo no tenemos ni para unas míseras vacaciones. Es que esto de acumular tanto poder mosquea, algo de monstruos deben tener esos señores.

Dicen que Ronald Reagan repetía sus frases de Camino de Santa Fe en los pasillos del hospital donde vislumbró los primeros síntomas de la enfermedad de Alzhéimer. ¿Le habrá ocurrido lo mismo a Arnold Schwarzenegger en su despacho de gobernador del estado de California? «Volveré», «Sayonara, baby…», por ejemplo. Añadamos más presidentes a la lista: saxofonistas casquivanos, alcohólicos texanos y negros pijos que se les pone el pelo blanco después de dormir un par de semanas en la Casa Blanca con los códigos de las armas nucleares bajo el colchón.

¿Qué me dicen de los políticos españoles? Créanme, también tienen sus ademanes de monstruos. Un dictador —si se le puede llamar político, aunque gobernase este país durante cuarenta años— se hacía traer el brazo incorrupto de Santa Teresa para plantarlo en su despacho y conseguir así buenos consejos de gobierno. Más recientemente la alopecia que desaparece en una semana hace miga entre presidentes democráticos; así como el tinte castaño sobre barba blanca, que hace furor.

Pero hay más, qué duda cabe cuando se habla de políticos, pues son camaleónicos, se ocupan de ministerios y consejerías distantes y distintas, luego presiden bancos, crean fundaciones y escriben biografías o, en otras ocasiones, les da por aconsejar a gobiernos de dudosos principios democráticos. No hay quien los contenga, son los vampiros del poder, el cetro de las sombras, los hilos oscuros del mando y de la autoridad.

Pobre Lincoln, ya no le verán nunca como el político de primera que fue capaz de imponerse a una guerra cruel y conseguir que su país siguiera unido. Tomen la historia y la leyenda y pónganlas en una balanza. Quédense con la que más les guste. Que en la batalla de Gettysburg venció la Unión por el peso de las armas poco importa hoy, tal vez se debió al uso de balas de plata para detener a ejércitos sudistas plagados de vampiros. Malditos guionistas aburridos.

Fernando Martínez
Editor de FM Revista de Cultura
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