Un vaquero inmortalizado en 1887 por el objetivo de John C. H. Gabrill en sus excursiones por el territorio de Dakota. © Library of Congress

En verdad, la conquista del Oeste duró muy poco, apenas quince años. La duración en el tiempo se la debemos al cine y a la mitología que destilan los vaqueros de gatillo fácil en polvorientos pueblos de la frontera. Acabada la guerra de Secesión, los norteamericanos de la costa Este y muchos europeos en busca de fortuna se lanzaron en estampida a la conquista de las praderas interminables, borraron del mapa las manadas de bisontes y, ya de camino, tribus al completo, sí, los indios de las plumas y del habla entrecortada que usaban metáforas para comunicarse.

Además, la conquista de las tierras baldías, a las que no llegaba la línea del tren ni había fuertes federales diseminados por el mapa, generó sus propios turistas. No quisieron perderse en primera fila el acontecimiento histórico que llevó al pueblo norteamericano a dominar un continente, del Atlántico al Pacífico, llámese California con su fiebre del oro, por ejemplo. Ya saben, los americanos son el único pueblo que ha filmado su propia historia.

Esta es la idea de partida de Joan Tapper, la autora de El salvaje Oeste, una especie de guía apresurada de viajes por los paisajes y decorados de buena parte de nuestra cultura popular en forma de western. Así que dispónganse con su lectura a darse una vuelta por la frontera, donde pululan los forajidos, los ladrones de ganado, buscadores de oro, vendedores de pócimas curalotodo, jugadores de cartas, tramperos, timadores, cazadores de bisontes, soldados de caballería e indios… muchos indios.

Portada del libro. © Amazon

Más allá de los personajes habituales están las recomendaciones básicas para el viajero, como las ropas necesarias, las rutas del tren más usadas, los precios de los alojamientos en ciudades conocidas por su mala fama como Tombstone o Dodge City, la comida habitual y los salones, donde tal vez aplaque su sed con la única bebida disponible: el famoso fuego de Kentucky. En fin, esas menudencias que se pasan por alto en cualquier viaje por muy planificado que lo llevemos.

Para los turistas de sillón orejero y que calzan babuchas como yo, libros de este tipo nos sacan de las calamidades propias de viajes tan reales como el propuesto por la autora. Ya no estoy para tomar una diligencia por esos caminos impracticables, recibir algunas flechas, pelearse en un salón por culpa de una señorita que baila el cancán, comer estofado de búfalo y disparar más rápido con el Colt 45 que tu oponente. Ufff… Menos mal que tan sólo es un libro.

Fernando Martínez
Editor de FM Revista de Cultura
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