El soldado John J. Williams, segundo por la izquierda, inmortalizado junto a sus compañeros de regimiento antes de ir al frente. © Pinterest

Una buena mañana la calle se llenó de banderas y de redobles de tambor: había estallado la guerra. “Me alisto, no lo digo más…”. Su madre llorando, su padre leyendo el periódico y en la calle una fila de voluntarios aplaudidos por señoritas de vestidos ampulosos y sombrillas de encaje. “Mamá, es la guerra, ¿cuándo voy a tener otra oportunidad así?”, decía en el comedor cuando le pasaba una bandeja de puré de patatas con guisantes. “Recuerda, tienes un problema… Nunca lo olvides”.

El problema se originó cuando John J. Williams tenía diez años. Después de jugar a pleno sol, perdió unos segundos la vista. El día se oscureció y la luz cegadora del jardín se convirtió en tinieblas, más oscuras que las del día de la Creación. Entonces se conjuró que lucharía contra la ceguera o, más bien, todo lo contrario, que se convertiría en su más firme aliado.

¿Cómo hacer de la invidencia consentida una forma de vida? El joven Williams entendió que lo mejor era introducir en su agenda unos minutos de ablepsia. Por ejemplo, afeitarse una mañana sin usar los ojos, llevar unos cubos de agua del pozo a la cocina a tientas, pelar unas patatas, en fin… hasta que un día fue más allá. “¿Y si traigo los recados de madre en la más absoluta de las negruras?”. Dicho y hecho. Desde su casa a la tienda de los señores Bloom había cerca de doscientos metros, que pudo completar sin contratiempos, a pesar de estar cargado de panceta, alubias y dos kilos de harina refinada.

Pero llegó la guerra, con sus flamantes uniformes azules, sus mosquetes sin estrenar y, evidentemente, el miedo a recibir una herida en los ojos y quedarse ciego sin remisión. “Un simple fogonazo de pólvora en los ojos te deja como una momia”, se dijo en los primeros días de adiestramiento en el campamento de Arlintong Heights, cerca de la capital federal de Washington.

Marchas interminables (algunas con los ojos cerrados), ejercicios de puntería (con los ojos abiertos) e instrucción sin descanso llenaban los días, amén de una carta a casa que, ya con cierta pericia, escribía a ciegas. Así fueron pasando los días del 34º de Indiana, con rumores de ver el elefante, como los soldados con experiencia llamaban al combate. Hasta que un día la historia de la guerra se conjuró con el joven Williams, pues caminó bajo un sol abrasador cerca de un pueblecito de Pensilvania llamado Gettysburg.

Un buen día entendió que lo mejor era introducir en su agenda unos minutos de ablepsia… pero fue más allá: se convirtió en aliado de la ceguera…

Allí se alineó con sus compañeros de regimiento, cargó el mosquete y disparó al enemigo, bueno, a unos señores de gris que subían colina arriba y que hablaban su mismo idioma, rezaban a su mismo dios y cantaban las mismas canciones. De repente escuchó un chasquido y a continuación una nube gris le tapó la visión del campo de batalla. Una nube de pólvora le ofuscó los ojos. Su destino se había cumplido de manera ineludible.

Dos días más tarde despertó con la piel de la cara ardiendo por el escozor de las vendas y las quemaduras de la pólvora. Estaba ciego, pero había sobrevivido. “Anímese, es usted el único superviviente de su compañía, peor es una amputación”, le comentó el doctor Charles K. Irwin en el hospital improvisado de campaña. ¿Era feliz en ese trágico momento? Nunca lo sabremos, pero no le salió ni una sola lágrima.

Los días pasaron y el soldado John J. Williams se adaptó a su nueva vida con soltura. Unos delegados de la Comisión Sanitaria le hicieron una visita, pues la fama del soldado, ya cabo, se hizo legendaria en tierras de Virginia. Un caso excepcional, un ciego adaptado a su nueva vida en apenas tres días. Y, lo mejor del caso, no existía ni ansiedad ni depresión postraumática en el paciente. ¿Por qué no servirse de su minusvalía para vender bonos de guerra?

Ya en casa, desenvuelto como un ciego con solera, despertó como Lázaro a la luz del sol, pues recuperó la visión dos años después, cuando la guerra terminó en Appomattox. Cogió sus bártulos y se marchó a la próspera San Francisco. Montó una óptica, evidentemente, y prosperó. Pero un montón de escombros hundió su local, fue un 18 de abril de 1906. La ciudad quedó asolada por un horrendo terremoto y se quedó a oscuras durante tres días. Al soldado que domesticó la ceguera sin padecerla, John J. Williams, se le perdió la pista entre las llamaradas de los incendios del gran seísmo.

Fernando Martínez
Editor de FM Revista de Cultura
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