El carnaval de Venecia se remontan al siglo XIII, cuando fue declarado como festividad pública, pero ya hay noticias en el siglo XI. © lo.tangelini

Hombres fatuos son aquellos que se disfrazan, así lo aseguró Balzac en una de sus novelas. Es decir, el elegante se viste, el rico se adorna y el bruto simplemente se cubre. En época de carnaval, si nos disfrazamos somos fatuos, ya ven: seremos vanidosos, presumidos, presuntuosos, fachendosos, petulantes, jactanciosos y necios.

Tal vez haya algo más, alguna motivación que se nos escapa en el devenir de los trabajos y los días (gracias Hesíodo por ese sintagma nominal mágico). Porque disfrazarse es un acto de afirmación —no me estoy poniendo muy serio, créanme—, más bien es un decir “aquí me planto, con mis mochilas y deseos más o menos ocultos, o sublimados». El entrecomillado también es una declaración de principios o, si lo prefieren, el inicio de una buena novela de la Generación beat.

Chesterton escribió que a algunos hombres los disfraces no los disfrazan, sino que los revelan. Cada uno se disfraza de aquello que es por dentro, ¿no creen que es una verdad tan grande como la catedral de Burgos? Así que ya desembarcamos en el tema de este modesto artículo (espero que hayas llegado leyendo hasta aquí, improbable lector). El disfraz va por dentro, qué remedio, y todos los días de nuestra singular existencia.

Les puedo dar una lista de probables máscaras y atuendos a ver si así consideran que soy un hombre fatuo, si me disfrazo para ocultarme o muestro mi verdadero yo. Una advertencia previa: lo siento, no creo que aparezca en una fiesta carnavalesca vestido de mujer. No me pone llevar tacones (mejor es quitarlos) ni colgarme en el pecho unas tetas (qué parte de la anatomía femenina tan extraordinaria) y mucho menos una peluca rubia.

Mejor propongo ahora algunos de mis gustos. ¿Qué les parece el de policía montada del Canadá? Me veo patrullando a caballo por la frontera de Manitova, ya ven. O piloto de la Luftwaffe, teniente del 20º de Maine, de Albert Einstein en sus últimos años, de Gabriel García Márquez cuando recibió el Premio Nobel o de Indiana Jones (sin látigo) o de Han Solo, que es como ir de pirata pero moderno. Y así puedo seguir un buen rato…

Dejemos hablar mejor a ese hombre triste que se paseaba por las calles de Lisboa. Ya saben a quién me refiero. “El disfraz que vestí estaba equivocado,/ me tomaron luego por quien no era y no lo/ desmentí, y me perdí./ Cuando quise quitarme la máscara,/ estaba pegada a la cara”. Gratitud eterna a Fernando Pessoa.

Fernando Martínez
Editor de FM Revista de Cultura
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