Una artista que mezcló en su pintura la pasión, el amor y el sentido trágico de la existencia llevados al límite. © Nickolas Muray

Frida Kahlo es la artista que peinaba cuidadosamente sus trenzas, las desarmaba y las esparcía en las obras para transmitir con ello su desesperación y desorden emocional. De la misma manera que despeinaba sus anhelos, procuraba asaltar sus desgracias con explosiones de vida, abrazándose a la naturaleza, a sus raíces, rodeando su duelo con abundante vegetación, resolviendo con tesón cada uno de los infortunios, con frescura y esperanza.

A Magdalena Carmen Frida Kahlo Calderón, la vida se lo había puesto difícil desde la infancia. Con sólo seis años, la poliomielitis le causó malformaciones en la pierna derecha, una de esas pruebas del destino que te convierten en mujer sin serlo y en niña para siempre. Cuando cumplió la mayoría de edad el autobús en el que viajaba fue arrollado por un tranvía descontrolado. Frida salvó la vida, pero sufrió traumatismos y fracturas de varios huesos y lesiones en la espina dorsal que la postraron en la cama durante meses. Frida comenzó a pintar en su convalecencia. Absorbía el arte como única medicina, haciéndole exaltar la cualidad femenina de la verdad, la realidad, la crueldad y la desgracia.

Esta tragedia quedaría plasmada en sus obras como un telón de fondo, a veces más clara, otras más difuminada. Relató su accidente en bocetos y lienzos. Se cubría de vendas, y por encima de su imagen yacente, el rostro de la misma artista contemplaba lo ocurrido. Y todo ello, junto a su hogar, la casa azul donde nació el 6 de julio de 1907, en uno de los barrios más bellos y antiguos de México. Actualmente, uno de los museos más concurridos de la capital.

Columna rota. © Dolores Olmedo

Por mucho que pasara el tiempo, los clavos seguían recorriendo su cuerpo castigado. En este cuadro, Columna rota, Frida se dibuja así misma desnuda de la cintura para arriba, con un corsé de acero, tras el que una enorme abertura recorre su torso y su columna rota. Hay clavos incrustados en todo su cuerpo, como los había también en su alma. Una obra, que al completo, es un grito desesperado de dolor. Su obra es una radiografía de una corta vida marcada por el arte, la política, la enfermedad, la libertad y las pasiones. Se fue con 47 años dejando tras de sí, mucho más que sus cuadros.

Jugando con espejos desde su cama, la artista pintó numerosos autorretratos. No puso freno a sus deseos amurallados por clavos y aflicción. El amor también se dibujaba con clavos y vivos colores a partes iguales. Su historia con el muralista Diego Rivera, fue calificada por muchos, de grotesca, pues ambos se permitían relaciones con otras personas, siendo grandes e inseparables compañeros. Ese tipo de amores que causan el desasosiego consentido y arrollador. «Ser la mujer de Diego es la cosa más maravillosa del mundo. Yo le dejo jugar al matrimonio con otras mujeres. Diego no es el marido de nadie y nunca lo será, pero es un gran compañero», llegó a decir en una ocasión.

Después de tres abortos y de numerosas operaciones, unidas a las incesantes infidelidades de su esposo, la crisis emocional de la artista aumentó. La gota que colmó el vaso de esta infelicidad fue enterarse de que su amado Diego le había sido infiel con su propia hermana pequeña, Cristina. El tremendo mazazo supuso la separación de la pareja y la cárcel del alcohol para la artista, que abrazaba la soledad entre copas de brandy y distraía el dolor físico con morfina.

Las dos Fridas. © M. Arte Moderno

El concepto de las dos Fridas seguía creciendo, hasta que se materializó en 1939 en una de sus obras más importantes, llamada precisamente así, Las dos Fridas, donde la artista y su alter ego, para algunos, o la Frida enferma y la dañada en el corazón, para otros,  elevan una dualidad perfecta: dos realidades que se retroalimentan y se ayudan mutuamente. Era la Frida arrollada por las dolencias y por aquel eterno tren, y la Frida quebrantada por el amor. Tras su separación, realizó esta obra en la que se muestra más fuerte, altiva e inseparable del tormento.

“Intenté ahogar mis dolores, pero ellos aprendieron a nadar”. En el lienzo titulado Autorretrato con Diego en mi pensamiento, la artista refleja su dolor por añoranza de su esposo, que ocupa su pensamiento. La angustia se manifiesta bañada en lágrimas y con esos cabellos sueltos y descuidados atenazando el cuello. En la frente, el retrato de Diego con un tercer ojo, insignia de esa inteligencia que de él tanto admiraba Frida.

“Quizá esperen oír de mí lamentos de lo mucho que se sufre viviendo con un hombre como Diego. Pero yo no creo que las márgenes de un río sufran por dejarlo correr», dijo en una ocasión. Un año después de su separación, Frida y Diego volvieron a casarse, y de nuevo una obra para expresar el momento. Una creación en la que el Universo abraza a la Tierra y a la Naturaleza, y la naturaleza les abraza a los dos. Un canto al perdón y a una vida que parece regenerarse a cada instante. La misma vida que nos quita, también nos da. Es un tira y afloja que nos hace fluir y en el que la cuestión es encontrar la fórmula que a cada uno le funcione, sin pararse en convencionalismos. Esta quizá, fuera la clave para que pese a todo, se mantuviesen juntos hasta el final.

Autorretrato con Diego en mi pensamiento. © Colección particular

Frida aprendió a enfrentar el dolor con actividad, productividad, incesante inquietud por sentir la vida y por sentirse viva. Durante sus últimos años vistió veinticinco corsés y fue ingresada varias veces en el hospital, también viajó con exposiciones de sus obras a París, San Francisco y Nueva York, se relacionó intensamente con personalidades de la época tales como Chavela Vargas, André Breton y León Trotsky, fue profesora en la Escuela Nacional de Pintura y Escultura y mantuvo junto con su esposo una gran actividad política en el Partido Comunista. Su legado alcanza unas 200 obras.

Viva la vida. © Museo Frida Kahlo

En 1953, temiendo la gangrena, le fue amputada su pierna derecha y la artista pasó los dos últimos años de su vida sin salir de la cama. Pese a todo, cuando en la primavera de ese mismo año la Galería de Arte Contemporáneo de México le dedicó una exposición monográfica, todos los asistentes quedaron asombrados cuando vieron llegar a la artista transportada en una cama. Así asistió Frida a la que fue su última exposición, con una sonrisa en los labios para todos, celebrando y riendo. Pocos meses antes de su muerte, en julio de 1954, dio la última pincelada a su obra titulada Viva la vida.  “La belleza y la fealdad son un espejismo porque los demás terminan viendo nuestro interior”, dejo por escrito.

Anabel Flores
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