Busto del poeta sevillano que pertenece al monumento situado en el parque de María Luisa de Sevilla. © Atticus Finch

Bien mirado, escribir puede resultar una actividad ridícula y hasta ofensiva, sobre todo, cuando un señor que moría tuberculoso (o eso dice, pues también se afirma que lo hizo de sífilis) a la edad de treinta y cuatro años en el más absoluto de los olvidos en un pisito de Madrid, era capaz de poner sobre una cuartilla palabras como éstas: “Ella tiene la luz, tiene el perfume, /el color y la línea, / la forma, engendradora de deseos, / la expresión, fuente eterna de poesía”.

Es mejor arrojar el ordenador por la ventana, llevar en el bolsillo interior del abrigo un ramillete de sus rimas y vagar por las calles de la ciudad, y si se hace durante un crudo invierno mucho mejor. En fin, dejarse de pamplinas literarias y sueños estéticos de una vez por todas. Pues sí, hablo de Gustavo Adolfo Bécquer, ese señor que con el tiempo capitaneó el romanticismo tardío español y que dejó a los poetas alemanes con el alma en un puño y a los sevillanos —al principio con desdén, todo hay que decirlo— con una marca a fuego en las entendederas.

Porque es lo que tiene la aparente facilidad de sus versos, que es todo lo contrario, la tremenda dificultad de engarzar las palabras y, como si no quisiera decir nada, ir más allá: la desbordante simpleza de lo poético: “En donde esté una piedra solitaria/ sin inscripción alguna, / donde habite el olvido, / allí estará mi tumba”. Tan sólo Luis Cernuda se acercó a esos versos, que el resto de los mortales los leemos con abisal envidia, entiéndanme, por favor.

Libro de Rafael Montesinos.  © Amazon

Pero no crean que en Bécquer son todo rimas punzantes y versos desatados por un amor que se escapa sin remedio o sobre el sentido de la propia creación poética. El poeta también fue prosista, pero se olvida fácilmente por culpa de sus versos y leyendas. También escribió desde el monasterio de Veruela artículos de una tremenda sencillez-complejidad, que esconden a la vez una marca de estilo inconfundible. Léanlos, no tienen desperdicio. 

Ahora, el ilustre poeta se hace más cercano gracias a exposiciones —una forma de reivindicar su obra—, pues su nombre no alcanzó la consideración social de forma tan cómoda. Algunas fotografías y documentos añejos nos llevan a esa época en blanco y negro de la cultura española. Pero también pueden rendir un homenaje en privado y sin compañía, el que nos brinda la lectura pausada. Apunten, son imprescindibles: Bécquer, biografía e imagen y La semana pasada murió Bécquer, ambos de Rafael Montesinos. La mejor forma de saborear la primavera. Ya lo dijo el poeta en un momento de lucidez: «Cuando siento, no escribo». Yo tampoco.

Fernando Martínez
Editor de FM Revista de Cultura
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