El beso (1950) es una de las imágenes más reconocibles de la historia de la Fotografía. © Robert Doisneau

El artista Trevor Plagen envió al espacio cien imágenes de la Tierra en un disco duro especial —creado por el Instituto Tecnológico de Massachusetts— en noviembre de 2012 gracias al satélite EchoStar-16, que se lanzó desde el cosmódromo de Baikonur (Kazajistán). Plagen durante cinco años se dedicó a preguntar a filósofos, científicos, escritores, antropólogos, artistas (¿habría políticos?) qué imágenes se escogerían para enviarlas a lo más profundo del Universo como representación de nuestro planeta.

Como a mí no me preguntaron, hago mi propuesta de todas formas. Ahí va una: El beso, de Robert Doisneau. Y, la verdad, desconozco si la han incluido. Mucho se ha hablado de la mítica imagen que se publicó en un reportaje de la revista Life en 1950 sobre la primavera en París. Pero, cuando nos asomamos a esa calle de la capital francesa y nos dejamos seducir por el instante lúbrico y por la postura transgresora de los protagonistas y su beso furtivo, quedamos atrapados para siempre en ese universo bidimensional y adánico de la ciudad de la luz.

Sin embargo, sabemos ahora que el beso fue intencionado, que no se debió a la mirada cautelosa de Doisneau y que, hasta hace poco tiempo, tampoco se sabía con certeza la identidad de los actores protagonistas. Pero esas circunstancias no desmerecen lo que observamos décadas después de que sonara el clic del obturador. Pues el beso del fotógrafo nacido en Gentilly en 1912 es diáfana a la vez que poética, simple y también compleja, como las buenas fotografías del siglo XX.

Doisneau. © El Confidencial

No sé si en una galaxia muy lejana entenderán esta instantánea: dos especímenes (macho y hembra) del planeta Tierra que se dan un beso en una calle de París. Cualquiera sabe. Lo que nos asombra —nos asombrará siempre— es la fugacidad del momento de felicidad plena con una de las manifestaciones humanas más simples, un beso. El trajín diario, el ruido del tráfico, los transeúntes con prisa y la nebulosa en la que se enmarca el Ayuntamiento de París al fondo se detienen durante una fracción de segundo. Se trata de un beso, un simple beso, que dice más de la historia de la Humanidad que cualquier discurso.

Robert Doisneau tuvo que ir a los tribunales en 1994 por culpa de falsos protagonistas que querían disfrutar de los derechos de explotación de imagen por reconocerse en la fotografía, hasta que se supo la identidad de los protagonistas originales: dos actores con ganas de ganarse unos francos en aquellos duros años de posguerra. ¿Y a quién no le gustaría protagonizar un beso de ese calibre en las calles de París en primavera? A cualquiera de nosotros, os lo aseguro.

 

Lección de bicicleta (1961). © El Confidencial

Fernando Martínez
Editor de FM Revista de Cultura
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