Lee Miller fue retratada por su amante, el fotoperiodista David Scherman, mientras se lavaba en la bañera de Hitler. © Getty Images

No todo son muertes, exterminios, bombardeos y sangrientas batallas en la II Guerra Mundial. ¿Qué les parece la vida de la estadounidense Lee Miller? Sí, bellísima, modelo, un poco actriz, icono de las vanguardias artísticas también, símbolo del Surrealismo… y fotógrafa de guerra o fotoperiodista, como quieran llamarlo. Toma ya, qué envidia. Antes de la guerra trabajó para la revista Vogue y, como no podía ser de otra forma, se marchó a vivir a París, a un apartamento en Montparnasse donde, entre otros amantes, tuvo a Man Ray.

Lee Miller en el hotel Vaste Horizon de Mouguins, Francia (1937). © Eileen Agar

Pero Hitler se empecinó en invadir Polonia y conquistar el mundo (manías, dirán algunos), así Lee Miller se convirtió en corresponsal de Vogue en Londres durante el Blitz y, llevada en hombros por un soldado norteamericano, desembarcó en Saint-Malo de manera más elegante que Robert Capa en la playa de Omaha, evidentemente. Entonces llegó el horror en forma de bombardeos con napalm (los primeros de la historia), las batallas calle a calle de Alsacia, los fusilamientos de colaboradores, en fin, lo normal en una guerra que se precie de llamarse mundial.

Autorretrato de Lee Miller en un estudio de Nueva York en 1932.  © Lee Miller

Incrustada en la 45º de Infantería del VII Ejército norteamericano metió la nariz en los campos de exterminio que se iban liberando, como Dachau o Buchenwald, y le quedó un olor a carne quemada que no olvidaría nunca, como contó posteriormente. Sabemos que muchas de sus instantáneas fueron censuradas por su crudeza, pues el objetivo de su cámara era tan libre como su propio dedo en el disparador. ¿Les suena de algo eso de la censura en los conflictos bélicos actuales? La verdad, no hemos avanzado nada.

Pero Miller pasará a la historia precisamente por una fotografía, un autorretrato —una especie de selfie primitivo, aunque disparó su compañero de fatigas David E. Sherman— dándose un baño en la tina de la residencia de Hitler. No mira a la cámara directamente, está a lo suyo y sorprende el retrato de Hitler en el borde de la bañera y las botas sucias de barro de los campos de exterminio en la alfombrilla. Dicen, además, que se echó una siesta en la cama de Eva Braun.

Soldados americanos examinan un tren en Dachau en 1945.  © Lee Miller

Su único hijo, Antony Penrose, nacido de su segundo matrimonio, llegó a comentar en una de sus biografías: «Lo que la mantuvo involucrada en la guerra fue la idea de que serviría para ayudar a cambiar el mundo. Creía que al final del conflicto, el mundo iba a ser un lugar mejor y la gente sería libre, tendría paz y habría justicia. Luchó como una loca por estos ideales». No sabemos si lo consiguió, pero sus fotografías ganaron la guerra del tiempo, seguro.

Fernando Martínez
Editor de FM Revista de Cultura
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