Una de las obras más conocidas del pintor parisino Edgar Degas, La clase de danza (1874). © Moma

Observaba cada detalle, los gestos más espontáneos, naturales y anodinos. Esos momentos de pausa, cuando la concentración se desvanece y el cuerpo se relaja. El respiro tras la tensión que provoca el aprendizaje diario, extenuante e implacable. Esbozaba cada instante de distracción, pensamientos y estiramientos físicos, y el relajo de un inflexible profesor. Detallaba con su trazo, desde la colocación de un pendiente o el arreglo de un peinado, hasta el espejo donde se refleja la ventana por la que penetra la luz, los blancos tules de los vestidos, o la profundidad de la estancia. Incluso una moldura decorativa que separa la pared del techo.

Hilaire-Germain-Edgar de Gas, más conocido como Edgar Degas, acudía con asiduidad a la Ópera de París, no sólo como espectador, sino también para tomar notas, pasear entre bastidores sin llamar la atención de los bailarines y coreógrafos. En esa época, la Ópera de París se encontraba en el edificio de la calle Le Peletier, y no en el edificio diseñado por Charles Garnier, que pronto la sustituiría. A comienzos de los años 1870 y hasta su muerte, las escenas de bailarinas en sus momentos de ensayo y preparación, se fueron inmortalizando en los lienzos y tablas del pintor parisino, el mejor dibujante de su generación, cuya destreza era comparada frecuentemente con la de su compatriota, Antoine Watteau.

Clase de danza (1871).  © Metropolitan de Nueva York

Más que el resultado final de una obra, a Degas le interesaba el trabajo previo: el entrenamiento, los descansos y las pruebas. Cómo el examen que somete el profesor Jules Perrot en esta clase, férreo a sus 65 años, y después de una vida interpretando por el mundo entero sus coreografías, desde San Petersburgo a Londres. Un maestro que ponía a prueba a las bailarinas para su ingreso en la institución musical más antigua de Europa.

La clase de danza, el lienzo que ilustra la cabecera de este artículo, es también una prueba para Degas, quien excusa su exigencia con trazos aparentemente espontáneos y dibuja todo aquello que capta en esas horas de tensión. Todos los detalles con un rapidísimo retroceso de la perspectiva y recurriendo al contraste de emociones en una misma escena, como era habitual en él. En esta prueba de danza, el contrapunto al vacío de la parte inferior derecha, es el apiñamiento de las figuras al fondo, donde las bailarinas se mezclan con sus madres.

Mujeres que acompañaban a sus hijas, no se sabe, si para proteger su virtud o para cerciorarse de que iban a recibir las mejores ofertas, ya que en el París de la época el ballet no era una actividad muy respetable, y muchas bailarinas caían en la prostitución. Ningún detalle escapaba al ojo de Degas. Es esa sensación de estar presente y al tiempo ser ignorado. Una indiferencia buscada que añade tensión e inquietud a su obra.

A pesar de ser ésta una de las escenas más conocidas de danza del impresionista francés, para él fue un momento más de su cotidianidad. El pintor, en aquel tiempo, pasaba sus días atento a la gran precisión y equilibrio de los momentos de práctica. Una repetición constante, sin la que sería imposible alcanzar la perfección del arte del ballet clásico, como lo era el arte de Degas, también de una precisión extrema, y también fruto de una constante repetición.

Aunque expuso con los impresionistas, su sentido de la inmediatez es más el producto del tema y la composición, que la pincelada desenvuelta del Impresionismo, regalándonos estos momentos entre bastidores, en los que las musas de la danza se humanizan, y que Degas trazó con calculada espontaneidad, enmascarando su meticulosidad.

La clase de danza (detalle).  © Moma

Anabel Flores
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