En nuestros días, la presión sobre los océanos no hace otra cosa que aumentar en proporción geométrica. © David Goehring

Cuando se vendan adosados en Katmandú pasaremos los domingos con la suegra en otros páramos. No se crean que es una predicción de vidente de madrugada en cadena privada de televisión. En el Himalaya hay ya tanta basura acumulada como exploradores deseosos de vivir la aventura que ya otros han disfrutado (¿Me lo puede explicar alguien, por favor?). Todavía se empeñan en subir a ochomiles a los que ya han hecho cumbre los lugareños, y sin armar tanto jaleo porque Edmund Hillary no estaba solo en la cumbre del Everest, justo a su lado estaba un sherpa, de nombre Tenzing Norgay, pero era bajito, feo y tenía otro color de piel.

Tan sólo nos queda, por ahora, en nuestro planeta el mar, el ancho mar de las novelas, pues en la realidad es tan desconcertante como el desierto del Sáhara. Sobre la superficie salada hay lugares tan inhóspitos como el Polo Norte y se supone que hay más vida que en la selva amazónica. Al menos sabemos que la vida surgió en sus profundidades, junto a fumaroles humeantes donde se cocieron literalmente las primeras bacterias. Y mucho nos tememos que la vida volverá a repoblar el planeta desde el mar cuando nos hallamos cargado la vida en la tierra.

Hasta que no haya vuelos baratos a otros planetas, nos conformaremos con bajar a las profundidades más insondables. Apunten una, la fosa de las Marianas. Sus condiciones ambientales son sencillamente de vértigo. Pongamos un ejemplo. Recordemos el nombre de algunas de las cumbres hipnóticas, cojan el Everest, por ejemplo, denle la vuelta y sumérjanlo allí, cerca de las islas Marianas, todavía nos sobrarían algo más de dos mil metros de agua, que se dice bien pronto. Y allá abajo hay vida, algo escuálida, pero hay vida de seres capaces de soportar una presión inimaginable.

Hagan cuentas, si soportamos en la superficie una presión que nos impide estallar en mil pedazos gracias a la atmósfera, a esas profundidades, nos someteríamos a una presión de más de mil veces la de la superficie. Mientras tanto se depredan los fondos más accesibles sin descanso y se extinguen especies a un ritmo mayor que en tierra firme. ¡Si Jacques Cousteau levantara la cabeza! Pues se volvería a sumergir, seguro. Mejor pasar el domingo con la suegra.

Fernando Martínez
Editor de FM Revista de Cultura
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