La piloto alemana Hanna Reitsch en una fotografía datada en 1941. © Memory of the Netherlands

Hay heroínas y heroínas, y si hablamos de pioneras de la aviación, se nos pone un pellizco en el estómago, vamos, como si fuéramos a despegar ahora. Ellas marcaron hitos en los cielos y trazaron esa moda de cazadoras de cuero, gafas oscuras, pelo corto y pañuelo al viento (blanco casi siempre). Ríete tú de la aviación en la actualidad, doblados como sardinas y masificando las aeronaves de bajo coste. Ahí está el arquetipo, la genial Amelia Earhart, que todavía desconocemos donde cayó cuando intentaba cruzar el Pacífico, junto a su piloto Fred Noonan.

Y para agallas, la alemana Hanna Reitsch. Pero, claro, era una furibunda nazi. Desde el invierno de 1943 se convirtió en una de las promotoras más fervientes del nazismo. Accedió a los círculos íntimos de Adolf Hitler, quien la tenía en alta estima (cruz de hierro incluida). Participó en el desarrollo del avión suicida Selbstopfer-Flugzeuge. Este proyecto, que luego Hitler canceló en febrero de 1944, pues consideraba que las llamadas bombas humanas, en que la muerte del piloto estaba asegurada a cambio de la consecución del objetivo, era una pérdida innecesaria. En Japón, los kamikazes sí que volaron (¡).

Y aquí llega su mayor hazaña. El 28 de abril de 1945 voló junto con el General Robert Ritter von Greim a la Berlín sitiada por los rusos. Hanna y von Greim visitaron el búnker de Hitler en Berlín. Allí von Greim fue nombrado nuevo Mariscal del Aire y sucesor oficial de Göring como jefe de la Luftwaffe.

Reitsch quería convencer a Hitler de que huyera de Berlín. Hitler se negó. Sólo con mucho esfuerzo pudo Reitsch abandonar Berlín, cayendo posteriormente (en mayo de 1945) prisionera de los norteamericanos. Sin embargo, el escritor e investigador Carlos De Napoli consideró que Hitler logró salir con vida en el avión de Reitsch y de allí se marchó para Suramérica.

Por cierto, el avión utilizado fue un Fieseler Fi 156 Storch con el que aterrizó a unos pasos del búnker de la cancillería en la Puerta de Brandeburgo, mientras se libraba la Batalla de Berlín. Y después de la guerra siguió volando, escribió un libro y murió tranquilamente en su casa, en 1979.

Fernando Martínez
Editor de FM Revista de Cultura
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