Recorrió buena parte del Tíbet y Bhután, todavía tuvo tiempo un buen puñado de libros de viajes . © The New York Times

Condición indispensable del explorador es recorrer una tierra que no ha sido hollada antes por las suelas de los zapatos del ser humano. Muy difícil, ¿verdad? A día de hoy quedan pocos rincones del mundo en los que no haya un japonés haciendo una foto. Pegas una patada en una playa desierta y se escucha de fondo un tema (no sé si llamarlo canción) de David Guetta, así es la vida.

Michel Peissel (1937-2011) tuvo este principio en su cabeza desde muy joven, por lo que no es extraño que dijera en voz alta que le hubiera gustado nacer en el siglo XV y ser español, por aquello de acompañar a Hernán Cortés por tierras aztecas. Toma ya, y a mí, y a cualquiera que en algún lugar de su mente, aunque sea pequeño, tiene el dispositivo de la aventura en estado de alerta.

Así que cogió muy pronto los bártulos —qué envidia— y recorrió los paisajes en los que no hubiese domingueros y una lata de Coca Cola en el suelo, tarea difícil en los tiempos que le tocó vivir. Un día fue el Himalaya, incluido el remoto reino de Bhután; otro, la costa maya (sin resorts), y así hasta los últimos años de su vida. Y en verdad que no fueron paseos en balde, pues descubrió el caballo riwoche en un valle perdido del Tíbet, que se creía extinguido. Tal vez con un poco de paciencia —los exploradores son impacientes por naturaleza— hubiera fotografiado al yeti, cualquiera sabe. Y de paso aprendió a la perfección la lengua tibetana.

En tardes frías y oscuras como las del invierno conviene dejarse llevar por las ideas peregrinas de Peissel, llámese El viaje de la Itzá y el misterio maya. Se le ocurrió construir una piragua enorme y navegar junto a la costa maya y terminar el viaje en la frontera con Honduras. Total, que el comercio por mar fue el declive del imperio maya, y, como centro de cualquier transacción, los preciadísimos granos de cacao.

Tampoco hay que echarle mucha cuenta a un explorador. A fin de cuentas, ellos no son historiadores ni investigadores, la verdad ni falta que les hace. Su literatura, eso sí, es muy entretenida, pero nos embriaga mucho más el sabor de la aventura, de las fronteras lejanas e indómitas (las que queden por ahí) que surcan las páginas de sus numerosos libros. Larga aventura, amigo Peissel.

Fernando Martínez
Editor de FM Revista de Cultura
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