El architeuthis dux puede alcanzar los diez metros de longitud y sumergirse a más de dos mil metros. © Citron / CC BY-SA 3.0

A veces somos un poco Fernando Pessoa y otras Plutarco, depende. Llevamos a cuestas unas cuantas vidas, que no son nada paralelas, pero que se mezclan como en un carrusel de feria. En mi caso, como creo que en el de muchos, cuento con solo una vida, maltrecha, vamos, la de todos los días. Por un lado la verdadera, y otra intachable, que mi imaginación fabrica cada mañana como una vacuna antirrealidad.

Además de mi vida como un sioux de las praderas, piloto de Me-109 en el norte de África o teniente de navío de la Armada Real, he añadido hace unos días, la del calamar gigante. Y no me pregunten los motivos. ¿Acaso no tendrá los mismos argumentos un architeuthis dux de soñar con ser un humano? Vaya usted a saber.

Como no sé nadar, resuelvo el problema al darme un chapuzón a más de dos mil metros de profundidad. Con ojos de veinticinco centímetros de diámetro, créanme, se ve lo traspuesto. Con más de 10 metros de longitud y una velocidad a chorro, se huye de los amigos plastas, y esos tentáculos que dejan marcas como platos en la piel de los cachalotes, pues…ya me entienden, los jueguecitos que se pueden hacer en sálvese la parte.

En fin, mi vida como un architeuthis tiene sus ventajas. A fin de cuentas eres un mito de la literatura escandinava, el malvado Kraken, y eso es como aprender a tocar la guitarra con las manos de Paco de Lucía, por ejemplo. O que Julio Verne te dedique unas líneas junto al capitán Nemo. Y de paso asustas a los niños de tus amigos.

Pero las vidas alternativas corren el mismo riesgo que la auténtica: la rutina. Eso de nadar en aguas profundas a dos grados centígrados en la oscuridad más absoluta en espera de que llegue una hembra —si aparece— o de que seas pasto de un chiringuito de playa en forma de media ración, es todo un reto.

Al final madrugo todos los días, voy al trabajo, cumplo con mi deber y me quejo de la crisis con largas peroratas, como todos, pero en más de una ocasión me gustaría sacar un tentáculo de dos metros y estampárselo al primer idiota que vea en la cara, que son bastantes, os lo aseguro.

Fernando Martínez
Editor de FM Revista de Cultura
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