El otoño es siempre gris, melancólico y triste, pero engendra a veces una primavera enlatada. © Elizabeth Skene

El otoño tiene la urgencia de plantar sus campamentos y heraldos entre dos mundos, entre dos universos que apenas se rozan. No sabemos si los cielos grises y brumosos anuncian el triunfo de una estación o los días finales de otra. Las ropas con las que nos vestimos presentan a veces el desconcierto de las prisas y las locuras del termómetro: botas de agua sumadas a las camisas de manga corta y zapatos descubiertos que pisan charcos tan oscuros como los de los campos de Thornfield.

Frontera entre dos realidades, dos paisajes que no se definen con claridad, matices imprecisos sobre el lienzo de los calendarios… el otoño posee una belleza ya pasada, un telón carcomido por la humedad, pero que todavía no impide la representación teatral en las ciudades. Aunque no lo parezca, en estos días en los que la luz vespertina camina lentamente en una agonía pétrea en la línea del horizonte, la muerte se esconde, agazapada, tras las hojas amarillentas de los árboles que un buena mañana, sin apenas darnos cuenta, caen de los árboles.

Si el tiempo es fugaz, el otoño es un curso acelerado en la Ciudad, en las calles llenas de personas que caminan presurosas después del letargo del verano. Ahora la mirada no se deleita en las calles, en sus rincones placenteros sino en los cielos que amenazan lluvia y en el suelo, donde se marca el rastro de humedades y verdinas donde antes imperaban los grillos y la hierba seca.

El otoño es melancólico, gris, triste, pero engendra una primavera enlatada, pues hay una armonía en los cielos y un brillo que no se puede escuchar con claridad en el jolgorio de otras estaciones como la primavera. Mosaico de aguafuertes, lienzos y acuarelas, acertada definición que apuntara en su día Stanley Horowitz. Refugio de poetas y escritores, estación de rimas arrebatadas, sueños nostálgicos de lo perdido para siempre, pero también esperanza, la ilusión de que un buen día cambiarán los cielos y sus luces.

Como dijo Umberto Eco, nada es más fugaz que la forma exterior, que se marchita y se altera, como el otoño en los desvelos del campo. ¿Y en la Ciudad? En ella se aguardan las señales del invierno, pues este tiempo es transferible, no se canjean por otros días de espera, más rotundos en el calendario. Por eso son tristes, como una gripe (¿otoñal?), que nos detiene en casa unos días. “Los violines que sollozan como una herida en el alma”, así lo definió Paul Verlaine y, de paso, estos versos apesadumbrados sirvieron para desembarcar felizmente los aliados en Normandía el 6 de junio de 1944. Menos mal que fue en primavera.

Fernando Martínez
Editor de FM Revista de Cultura
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