La muerte de Marat, lienzo que se encuentra en los Museos Reales de Bellas Artes de la capital Belga. © Jacques-Louis David

Si se es genial, niño prodigio, dictador, monarca, cantante enganchado a cualquier sustancia que se precie de llamarse droga, DJ, asesino en serie o político corrupto… qué menos que despedirse de este mundo de forma esmerada, con una frase contundente que deje huella. La muerte no es más que una ceremonia, la última, el fin de fiesta del ser humano.

Los ejemplos son miles y muchos de ellos son meras leyendas urbanas, pues en ese trance, la verdad, la documentación es escasa, apenas dichos de oídas y rumores de boca en boca. Veamos algunos casos muy conocidos. «Que mi sangre cimente tu felicidad”, dicen que comentó el rey francés Luis XVI antes de ser guillotinado en medio de la Revolución francesa, en concreto el 21 de enero de 1793 en la Plaza de la Concordia. Y, como público, miles de enfervorizados sans culottes en plan marujas. Vamos, entre tanto jaleo y con el verdugo tan cerca, resulta difícil escuchar unas palabras de esa envergadura poética.

Demos un salto en el tiempo, a mitad del siglo XX. ”Mañana, muchos maldecirán mi nombre”. Toda una frase de adivino, la verdad. Se dice que esas palabras salieron de la boca del mismo Adolf Hitler, momentos antes de suicidarse en su búnker de Berlín el 30 de abril de 1945. Los soldados rusos se encontraban a menos de doscientos metros de la Cancillería y en esa tesitura se tienen unos segundos para inmortalizar situaciones tan trágicas con las palabras justas de un auténtico hombre de Estado (!).

Más amable fueron estas palabras de muerte: “Aplaudid amigos, comedia finita est”, que en román paladino quiere decir que la comedia ha terminado. Ludwig Van Beethoveen en su lecho de muerte balbuceó esta sentencia el 26 de marzo de 1827. Damos un salto a nuestro país, muy dado a las salidas de madre en momentos de tensión. No se trata de una muerte sobrevenida sino de la proximidad de una muerte dictada. ”Me temo que ustedes no tienen intención de incluirme en su círculo de amistades”, dicen que comentó el humorista, escritor y actor Pedro Muñoz Seca a los soldados anarcosindicalistas que se aprestaban a fusilarlo en Paracuellos de Jarama durante la Guerra Civil Española.

 

Ejecución del emperador Maximiliano I de México.  © Edouard Manet

En esa misma línea y al otro lado del charco, pero sin tanto humor se escuchó: ”No sé, es la primera vez que me ejecutan». El emperador de México Maximiliano I de Habsburgo habló así cuando estaba ante el pelotón de fusilamiento y uno de los condenados que estaban junto a él le preguntó: «¿Es esa la señal de la ejecución?». No era un humorista sino todo un emperador que se había criado en el palacio de Schönbrunn, nada menos.

Y los norteamericanos, tan campechanos ellos, también tienen lo suyo. ”No se preocupen, esos desgraciados no alcanzarían a un elefante a esta distancia…”, aclaró el general de la Unión John Sedgwick, justo un segundo antes de morir de un disparo lanzado por un francotirador sureño que se encontraba a más de 900 metros de distancia. Soltó las palabras de muerte cuando un oficial de su Estado Mayor le advertía de la extraordinaria puntería de los francotiradores confederados durante la Guerra de Secesión. Ver para creer.

Fernando Martínez
Editor de FM Revista de Cultura
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