Detalle de El jardín de las delicias, una de las obras de arte que más debates de interpretación ha generado. © El País

Poseen los cuadros de El Bosco la virtud de formular preguntas muchas veces angustiosas para el espectador en los inicios del siglo XXI. ¿Los pintores transmiten siempre mensajes? ¿Cómo son sus códigos? ¿Podemos decir que existen y serán siempre conocidos? ¿Es mero ruido pictórico que queda latente tras siglos de paciente escrutinio de críticos y espectadores? ¿Cómo interpretar un pájaro que tiene un extraño sombrero metálico o un conejo que besa los pies de una mujer?

Así son muchas de las escenas del mal llamado cuadro (es un retablo) El jardín de las delicias. El mismo título propicia ya más debates que el mismo motivo pictórico. El pintor holandés era un artesano que pacientemente mojaba los pinceles en un taller atestado de alumnos y oficiales, pues los encargos le llovían en la pequeña y húmeda ciudad de Bolduque. Lo mismo hicieron con su padre y antes su abuelo. El pintor es parte de la comunidad, un señor destacado que entrega lo retablos por encargo de donantes, templos y congregaciones.

Pinta El Bosco escenas reconocidas por sus clientes: la pasión y muerte de Cristo, vidas de Santos, profecías y símbolos, muchos símbolos. Ese enjambre iconográfico es un lugar común, que funciona como un topónimo mental, cotas de mapas de la religiosidad de los primeros años del siglo XVI. En la mayoría de las veces son retablos que se despliegan en coloristas paneles para oficiar una misa o inspirar un momento de oración. Si enigmáticas son sus propuestas en su interior, también lo son sus postigos, que en lugar de grisallas inanes ofrecen al espectador, en el caso, por ejemplo, de El Jardín de las delicias, la esfera celeste al final del tercer día de la Creación.

El jardín de las delicias (1500-05), un retablo mal llamado cuadro.  © Museo del Prado

Sus contemporáneos, que no estaban ciertamente perdidos en sumar las claves de la religiosidad popular como nosotros, comprendían a la perfección los motivos de El carro de heno o La mesa de los pecados capitales. Con certidumbre conocían la vida del santo, su martirio y los símbolos que le acompañaban. Es más, sus clientes no eran precisamente analfabetos. El retablo que nos guía en este artículo precisamente fue encargado por Enrique III de Nassau. Después de pasar por algunas manos, Felipe II adquirió el tríptico en la almoneda de los bienes del hijo del duque de Alba, don Fernando, y se envió al monasterio de El Escorial el 8 de julio de 1593. Es la pintura más famosa de la colección de El Bosco que el monarca reunió en su particular palacio-monasterio.

Nos cuesta creer que los retablos de El Bosco llevan grabados mensajes esotéricos, cifras ocultas que hablen de sectas, herejes, masones o vaya usted a saber de qué. Con la distancia que dan los siglos, sus imágenes se han convertido en pasto de documentales sobre enigmas y misterios de la Historia y artículos elocuentes en publicaciones pseudocientíficas. Clientes de la talla de monarcas, mecenas y artistas no colgarían retablos con mensajes certeros de heterodoxias y apostasías.

El hombre árbol, autorretrato del propio pintor, como se cree habitualmente.  © El País

El Bosco habla con rotundidad con sus piadosos espectadores, que se arrodillan ante sus imágenes y rezan con cristiana ejemplaridad. Esos hornos humeantes y fuegos perpetuos que pululan por el infierno es un dogma, una imagen fiel de la fe. Lo mismo ocurre con la lujuria contenida de los personajes que aparecen desnudos entregados a los más diversos placeres. Sin embargo, el horror y las pesadillas, las pasiones de los seres humanos desde el principio de los tiempos están ahí afuera, en lo más trivial y cotidiano que se puedan imaginar, y nunca en un bello tríptico.

Fernando Martínez
Editor de FM Revista de Cultura
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