Bello bloque de seis piezas del primer sello del mundo, el famoso penny black del Reino Unido. © Vintage World

Nada hay en este mundo más burgués que un sello de correos. Su empleo modernizó el envío de cartas, regularizó su uso por países que mejoraban en el siglo XIX su red de comunicaciones y propició una respuesta inmediata del destinatario, pues lo de burgués le viene por la abundancia de cartas económicas cuando se generaliza el uso de estampillas: pagos, deudas, avisos de letras… lo normal. Y, como toda historia que se precie, tiene un principio. El primer sello del mundo circuló en Reino Unido. ¿Se imaginaban otro país?

Entonces, si querías escribir una carta, anotabas unas líneas, doblabas el papel —todavía no existía el sobre—, le ponías unas gotas de lacre y pegabas con un poco de saliva un pedacito de papel con el rostro de la reina Victoria. Es mayo de 1840 y a un señor que respondía al nombre de Rowland Hill, luego fue nombrado Sir, se le ocurrió esta feliz y muy simple idea. Dibujó la cara de la soberana y dio instrucciones al grabador Henry Corbould para que tan sólo aparecieran las palabras Postage y One penny.

¿Para qué poner más? Los británicos fueron los primeros en inventar los sellos, así que cualquier usuario los identificaría en el resto del mundo. Y ahí siguen sin poner el nombre del soberano ni el indicativo del país al que pertenecen. Se eligió el color negro, por lo que se le conoce con el nombre de penny black. Una pieza hoy de museo, ejemplo todavía vivo en las colecciones de un momento histórico muy concreto, el de la segunda revolución industrial y por qué no, del Imperio británico.

Isabel II. © Pinterest

Tuvo una primera tirada de 60.000 ejemplares, pero hasta ser retirado de la circulación, en 1841, se emitieron 68 millones, de los que se calcula sobrevive un millón y medio, pues muchas cartas se destruyen pasado un tiempo y el valor de la tarifa se cambió por las nuevas necesidades económicas. Poco después de la primera emisión, a un señor se le ocurrió guardarlo sin saber muy bien el motivo. Había nacido el primer coleccionista. Hoy, en buen estado y usado, cuesta unos 150 euros. 

En España se copió la idea, como en otros países de Europa. El primero de enero de 1850 se ponía en circulación el cuatro cuartos negro de Isabel II. Se le parece mucho el primer sello patrio al de los británicos, con la efigie de la reina en blanco y de perfil, así como el cartucho, grabado por Bartolomé Tomás Corominas. Ya saben, nos separan de los británicos diez años, el lapso de tiempo que tardamos en tener sellos de correos. ¿No eran más décadas de atraso?

Fernando Martínez
Editor de FM Revista de Cultura
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