El pintor flamenco Rogier Van der Weyden pintó este Retrato de mujer joven sobre 1453. © Wikipedia

Hay vidas que son proclives a la literatura, a la gran literatura, incluso a la impostura. Basta con echar un vistazo a tus extensas propiedades, heredar un millón de libras esterlinas —de mediados del siglo XVIII— y labrar un hermoso destino en el mundo de la cultura. No está uno muy lejos de convertirse en dandy y coquetear —será parte de un juego exquisito, me imagino— con Lord Byron.  Estos son los mimbres con los que contó William Beckford (1760-1844), un tipo que pasó a la historia, entre otras cosas, por mofarse de la crítica artística.

Si ponemos nuestra triste y monótona vida en un espejo y nos transportamos a una de las habitaciones de Fonthill Abbey… mejor no lo intenten, pues no hay comparación…, bueno, es mejor no hacerla, porque estamos condenados a vivir una realidad muy distante y a la vez distinta. “¡Lo que daríamos por tomar el té en un lugar digno…!”. ¿No lo creen así?

Un día descubrió Beckford que tenía en casa, como el que echa de menos una taza de desayuno, una magnífica colección de pintores flamencos, así que se puso a escribir una biografía de artistas que jamás habían existido, pues se había perdido la relación de sus nombres. Así que salvó del apuro a su ama de llaves, cuando enseñaba a los curiosos la galería de óleos sobre madera del siglo XV.

Dicen que miraba a hurtadillas las caras de los visitantes cuando asombrados escuchaban las notas trágicas —eso sí, que no se diga, que el autor era un romántico— sobre sus vidas y no podía aguantar unas risas. De ahí surgió un libro, Memorias biográficas de pintores extraordinarios, en el que nos cuesta trazar una línea gruesa entre realidad y ficción. Échenle un ojo, es asombrosa la delgada línea que separa la verdad de la mentira o, dicho de otra forma cuando se habla de pintores, la buena de la mala pintura.

Algunos días preferiríamos cruzar la línea de la ficción y dejar a un lado la realidad, pero no sé por qué nos duele enseguida el estómago y miramos para otro lado. Volvemos a nuestras costumbres habituales, las de los pobres (no de espíritu). El señor William Beckford murió el 2 de mayo de 1844 en su residencia de Lansdown Crescent. Está enterrado en la Catedral de Salisbury. ¿Y si todavía está vivo? Cualquiera sabe.

Fernando Martínez
Editor de FM Revista de Cultura
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