Nos gusta leer historias desde los tiempos incluso en los que no existía la escritura convencional. © Mariana González

Nos apasionan las profecías, porque en el fondo de nuestro corazón todavía vivimos en cuevas a la luz temblorosa de una hoguera, donde las historias se hilvanaban sin cesar. Pues la retahíla es tan extensa como los océanos de tiempo que nos separan de los primeros humanos. También nos gustan las historias de hijos pródigos que vuelven al hogar donde se criaron y conocieron las reglas que rigen —tal vez no haya ninguna y eso nos espanta— el caos cotidiano al que llamamos mundo.

Nos chiflan también las peripecias de los héroes, sus aventuras que les llevan a viajar más allá del horizonte, buscando respuestas a las preguntas más profundas que los hombres de cualquier clase, raza y condición se han planteado desde el inicio de los tiempos. Nos identificamos además con su nobleza y con su templanza al afrontar los peligros y al asumir que en cualquier momento se puede perder lo que más amamos. Es la llamada tarea del héroe, tan digna la de Jasón que la de Leopold Blomm.

Nos pone frente a un espejo la búsqueda de objetos mágicos, desde espadas bautizadas con nombres apasionantes hasta anillos de poder; o las copas de las que se bebe el agua de la eterna juventud y los vellocinos dorados que se guarecen en los límites del mundo conocido. Y los dragones que sobrevuelan las almenas de castillos decrépitos, donde hay reinos sin herederos, princesas honestas y reyes sin corona, que vagan por los caminos comportándose como vasallos porque desean impartir justicia

¿Y qué nos ocurre con el amor? Ahí va el abanico posible, tan ancho como el propio mundo civilizado. Nos deleitamos con los amores imposibles, con los eternos, con las conjuras de los enamorados, con la pasión que no se agota, con los besos que caminan sobre las aguas y con las pasiones incontenibles de dos adolescentes que unen a familias enfrentadas por el poder y el odio. ¿Qué me dicen de los dioses? Ahhh… los dioses. Crueles, vengativos, disfrazándose de humanos y metiendo cizaña en ciudades sitiadas.

Nuestros gustos habitan en el paraíso al que Jorge Luis Borges llamó en una ocasión Biblioteca, y que hoy se aloja en cualquier formato, desde los teléfonos móviles hasta en los labios arrugados de nuestras abuelas. Allí se cruzan los cuentos, las leyendas, las baladas, las tragedias, los poemas épicos, los dramas… Porque la literatura no es más que vivir el presente, pues el pasado es leyenda —una manifestación literaria más, un fleco del tapiz—, y el futuro no es otra cosa que un reto. Sí, nunca lo olvidemos, una aventura más, pero la más apasionante de todas.

Fernando Martínez
Editor de FM Revista de Cultura
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