Kwai Lun-mei es la protagonista femenina de esta película china premiada con el Oso de Oro en la Berlinale. © Cine365

El thriller es un género contagioso, pues define muy claramente su objetivo con los elementos dramáticos ya conocidos, cuando llevamos unos años asistiendo (por ahora) a las salas de cine. El centro de la historia es un asesinato, hay un sospechoso y conocemos a un policía errante, entre la depresión y la redención… en fin, lo habitual. Pero de tarde en tarde hay apuestas que nos dejan descolocados. La más cercana es la de Black Coal, de Diao Yinan, flamante Oso de Oro en la última Berlinale.

Importa en esta película el dónde más que otra pregunta. ¿Y dónde se desarrolla la historia? En la China actual, la del presente, el monstruo bicéfalo del comunismo político y de la economía ultraliberal. Pero es, ante todo, una China inhabitual a nuestros ojos occidentales. Porque se nos muestra un país mugriento, triste, en el que el verano dura unos pocos días, en el que hace un frío que se te mete hasta en los huesos, en el que la gente deambula en su mísera existencia y, en ese mundo sin rollitos de primavera, camina un asesino y un policía(s) tras él.

La historia es potente y se debe —más allá de los enormes presupuestos del cine norteamericano donde la acción prima sobre todas las consideraciones— a su sencillez y a la calma en la que se desarrolla una historia, en el fondo, desgarradora, amor penoso incluido. La brutalidad no necesita de otro lenguaje como no sea el más descarnado uso de las palabras (imágenes) más sencillas. La violencia convive con la pringue de los restaurantes, la cochambre de las viviendas de los propios policías con las calles sin árboles no jardines.

No hay artes marciales, ni guerreros que vuelan por los aires, sino un policía inadaptado y una empleada de una lavandería que ha truncado su vida de forma descomunal. Y bajo esa patente tranquilidad de una película lenta, el espectador asiste a la tensión de los autobuses públicos y de las pistas de patinaje sobre el hielo cuando vemos tan sólo los patines del asesino, todo un homenaje al mejor Alfred Hitchcock.

Tengan calma cuando vayan a verla o se la bajen por internet, no es nuestro cine, rapidito y con escenas apabullantes de persecuciones, sino unos tiempos cinematográficos algo distintos. Aguanten sentados, al final les picará la curiosidad de saber qué ha pasado realmente, qué preguntas se quedan sin respuesta, qué diálogos nos gustaría escuchar, en definitiva, saldrán del cine con picor de cabeza, que es de lo que se trata.

Fernando Martínez
Editor de FM Revista de Cultura
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