El romanticismo literario y las novelas de aventuras revitalizaron la mitología de las sirenas. © Daniel Roca

¿Quién es capaz de navegar hoy en busca del canto de las sirenas? La verdad, yo no me atrevo, y tengo motivos, os lo aseguro. En el presente las sirenas se han volatilizado, han encogido la aleta, se han desescamado y no se les ve tañir una lira ni mesarse los cabellos ante un espejo. Y eso que el verano debe ser la estación más propicia para dejarse llevar por su lúbrica belleza, abandonarse a una vida bajo el mar, llena de placeres y olvido. Pero no hay señales de lo contrario.

Primero tenían alas, patas de águila, cara de mala leche y no tocaban instrumento alguno, así se le aparecieron a Ulises de camino a casa. Lo de cantar habrá que entenderlo como transmisión de información, de todo aquello que se cocía en el mundo antiguo. Por ejemplo, ¿cómo acabó la guerra de Troya?, ¿cómo está mi familia?, etc.. Así que el rey de Ítaca, que no del Itaca, se ató al mástil para escuchar en primera persona su misterio. Y nada más se nos dice en el poema homérico.

Luego llegó el Romanticismo, que nos ha hecho mucho daño a todos, la verdad. Que si la mitad de su cuerpo es de pez, que si muestran a los marinos sus pechos, que si sus cabellos oscurecen al sol, que si se enamoran de los príncipes —otra gran figura del pseudoromanticismo muy dañina—, que si su amor por los humanos las hace mortales, que un buen día dejan la vida en el mar —las hay también de ríos y lagos— para casarse y tener niños… en fin, que con los siglos se hacen honestas mujeres y se aproximan de forma sospechosa a las condiciones de una top-model actual.

Así que, ¿dónde encontrar hoy sirenas?, ¿en las terrazas de verano?, ¿en los cruceros de lujo?, ¿en las playas apartadas donde no hay despliegue de neveras y familias al completo?, ¿en el logo de una cadena internacional de cafeterías? Tal vez se ha acabado el tiempo de las sirenas para siempre (¡snif, snif!), como todo aquello que tenga un ligero aroma a mitología y participe a partes iguales de lo onírico y lo literario. La realidad, casi siempre, es aplastante.

En mi caso, como en otras situaciones, no me acomodo a estos tiempos insulsos. Nada de cera en los oídos, ni atarme con cadenas al palo mayor de mi barco, nada de seguir los consejos de la hermosa Circe. En cuanto me tope con una sirena, abriré bien los ojos y no me perderé un detalle. No será mitad mujer mitad pez, pero seguro que su belleza será una red en la que quedaré atrapado para siempre.

Fernando Martínez
Editor de FM Revista de Cultura
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