Hoja bloque de los servicios postales de la extinta República Democrática de Alemania en honor a Richard Sorge. © Wikipedia

Los servicios secretos (que no postales) presentan una dualidad: si realizan a la perfección su papel, nadie les felicita, no aparecen en las portadas de los periódicos, pero imagínense si fracasan en su cometido, entonces conocemos el nombre de los espías, la trama se hace pública y a los gobernantes se les ponen las orejas coloradas. Así que un buen espía acabará sus días pescando truchas en plan jubilado, pero si la información que sirven es caduca, le espera el pelotón de fusilamiento y la horca. Vaya vida la de un agente secreto.

¿Conocen a Richard Sorge? Tal vez haya sido el espía más famoso. Su historia es apasionante y, como pueden comprobar por la fotografía que preside este artículo, fue filatelizado por los servicios postales de la extinta Unión Soviética y la antigua República Democrática de Alemania. Nació Sorge en Azerbaiyán, era hijo de un alemán y de una rusa, así que lo tenemos entre dos culturas antagónicas. Sirvió en la Gran Guerra del lado alemán y no me pregunten por qué. Es ahí donde se hace comunista y espía (!).

Entonces trabaja en China y, un poco más tarde, en Japón. Ya son los años treinta y los nazis llenan las calles con sus esvásticas. ¿Y cómo realiza sus indagaciones y juega con las dobles identidades? Pues no tiene zapatófono, ni se viste de mujer, ni le gustan los martinis mezclados que no agitados sino que estudia como un poseso y ejerce el periodismo, como lo oyen. La profesión más hermosa del mundo le sirve para dominar la información, la más preciada de las armas.

Descubre, entre otras cosas, la fecha exacta de la Operación Barbarroja, bueno, con dos días de retraso y la certeza de que los japoneses no iban a atacar a los rusos por esas mismas fechas, así que Stalin pudo llevar al frente europeo unas cuarenta y cinco divisiones sobre diciembre de 1941, el momento en el que la Wehrmacht disparaba su artillería sobre los suburbios de Moscú. Tal vez nuestra gratitud a ese hombre de cara seria sea eterna, pues la balanza de la II Guerra Mundial se decantó para los aliados.

Pero Richard Sorge fue ejecutado en la horca el 7 de noviembre de 1944 en compañía de un agente japonés y amigo suyo llamado Hozumi Ozaki. El gobierno soviético no intercedió ni aceptó un canje de prisioneros, sí lo hizo el alemán, creyendo que era un agente de confianza. Según las actas de la ejecución, Sorge murió dando vivas al Ejército Rojo y a la Revolución de Octubre. Una tumba con su nombre se encuentra en Tama, Tokio.

Una regla no escrita establece que en los sellos de correos no deben aparecer personajes vivos, tan sólo los monarcas o los papas tiene ese privilegio. Nada se dice tampoco de los espías que han caído en acto de servicio y que, gracias a su trabajo en la sombra, han salvado al mundo de las tinieblas. La Unión Soviética —un poco tarde— también se sumó al homenaje de Sorge con la emisión de un sello conmemorativo en 1965. Su cara también aparece seria y le consideran un doctor (!).

 

Serie de la URSS. © La trompeta de Jericó

Fernando Martínez
Editor de FM Revista de Cultura
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