Una imagen de la película El forajido (1943), donde se pusieron manos a la obra para levantar los pechos de la actriz Jane Russell. © Alucine

Las prendas íntimas femeninas son las menos íntimas. Un ingeniero metido a aviador y con muchos dólares en la cuenta corriente diseña un sujetador y, por aquello de llevar la contraria a las leyes de la física, convierte los pechos de las mujeres famosas de los cincuenta en auténticas balas. Aunque suena a guión de película norteamericana, la historia fue tan real como las tetas que se contemplaban en las fotografías y escenas de las películas de finales de los cuarenta en la meca del cine.

El ingeniero no era otro que Howard Hughes, ese señor que producía películas, diseñaba aviones y despilfarraba el dinero a espuertas, hasta que un día se estampó la cara contra el suelo en un vuelo de pruebas. Pidió a uno de sus colaboradores (antes de partirse la cara), un ingeniero aeronáutico, que diseñara un sujetador o unos brasieres, si nos ponemos un poco más elegantes, para la despampanante actriz Jane Russell. La idea era mostrar mucho pecho, como antes no se había visto en pantalla, pero también que lo levantara hasta el cielo y que lo proyectara en cada una de las secuencias de la película El Forajido (1943), dirigida al alimón por Howard Hughes (le dio tiempo a terminarla) y Howard Hawks.

 

Una jovencita Marilyn Monroe se luce en una playa de California. © Pinterest

La película sufrió su censura, tuvo que amputar imágenes escandalosas para la época, pero fue todo un éxito en las salas (lo normal). La actriz confesó años más tarde que le molestaba el sujetador, pero aquellos pechos apuntaron no sólo a las alturas sino a los deseos sexuales de toda una generación. El invento cuajó, a pesar de la presión de los aros en forma de cono, pero unos años después era del gusto de las actrices del momento, que lo usaron a discreción. Fueron llamadas sweater girls, es decir, las chicas del jersey, no hace falta explicar mucho su significado. Entre ellas se encontraban Lana Tarner, Jane Mansfield, Elizabeth Taylor y la diva de todas las divas, nuestra Marilyn Monroe, entre otras. Apunten una europea, Sofía Loren.

No se preocupen, mezclen balas, aviones y tetas, la suma de la fórmula perfecta y les dará como resultado un fetichismo, uno más, relacionado con los pechos de las mujeres, que son legión. El sujetador bala pasó de ser exclusivo de estrellas de Hollywood a denominador de numerosas féminas anónimas que ahora alientan nuestro recuerdo con todo tipo de imágenes fascinantes de sus torsos retro. Hasta que un buen día dejó de usarse, tal vez por aquello de la liberación femenina y el sujetador se convirtió en un instrumento de tortura inventado por los hombres (qué le vamos a hacer).

 

Jane Russell fotografiada sobre 1955. © Pinterest

Las tetas volvieron a su sitio, es decir, fueron bajando poco a poco. Hasta los noventa no volvieron a ocupar el primer puesto y buscar nuevos aires. ¿Otra liberación de las féminas o una nueva muestra de machismo? Cualquiera sabe. Llegó primero la revolución del wonderbra, más tarde los secretbra, los push up y hasta los denominados balconette, que se han asomado al mundo turgente y casquivano de los pechos de una mujer. Porque las tetas, como fetiche, están asociadas a los años cincuenta, a las beldades de las Pin-ups y las mentes calenturientas de los italianos en sus películas de posguerra.

Ahora, créanme, son protagonistas las operaciones estéticas, las bolsas de silicona metidas entre los músculos del torso, los pechos imposibles por su falta de armonía con el cuerpo que los acoge y, que nos se nos olvide, son falsos. ¿No es también símbolo del machismo más recalcitrante? La mujer del siglo XXI no es más que una venus de Willendorf. Lo artificial, tal vez por el buenismo imperante, le quita el lugar a lo natural. Vaya lío.

Lo más interesante es que estos icónicos brasieres podrían volver a convertirse en tendencia, pues la marca de lencería inglesa What Katie Did, que se ha especializado en ropa de esa época, los acaba de presentar como parte de su nueva colección de otoño-invierno. ¿Cómo llamar entonces a las mujeres del siglo XXI que usen esta prenda más propia de las Pin-ups de finales de los cuarenta y principios de los cincuenta? Ni idea. Mientras tanto se podrán sumar a la lista de los revival de siempre: la lista de los pantalones de campana y las hombreras, que ahí siguen en un constante eterno retorno que por fortuna no acaba de llegar. Menos mal.

 

Jayne Mansfield en plena acción. © Pinterest

Fernando Martínez
Editor de FM Revista de Cultura
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