Interior de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, una placa de Tenison tomada sobre 1853. © Biblioteca Nacional de Francia

Vayamos por partes. Este artículo es sobre Tauromaquia, pero no hay toreros ni toros, sino todo lo contrario, dos fotógrafos y una plaza. Los artistas fueron Louis de Clercq y Edward-King Tenison, y el coso no es otro que el de la Real Maestranza de Caballería. Cuando hablamos de plaza, queremos decir de toros, evidentemente, y si escribimos el membrete de artistas a dos fotógrafos, no es otra intención que ofrecer un homenaje a los primeros curiosos que usaron el novedoso invento de la fotografía para dar fe, como auténticos notarios, de la realidad.

Retrocedamos en el tiempo. Sevilla en la década de 1850 tiene una población que no llega a los 115.000 habitantes. Hay una tasa de paro muy elevada y los servicios sociales apenas cubren a los estratos más desvalidos. Llega el ferrocarril, el nuevo cementerio y el puente de Triana, llamado oficialmente de Isabel II. Hay dos riadas, se inauguran algunos tramos de alumbrado público de gas y llega a finales de la década el telégrafo, por lo que Sevilla se sube inexorablemente al vagón, nunca mejor dicho, del progreso.

Pero nuestra ciudad es, a ojos de los viajeros europeos, la primera escala de Oriente y su embrujo —en unos años en los que Europa se lanza a la conquista del mundo en forma de colonialismo— comenzaba en la capital hispalense. Entre los muchos viajeros y fotógrafos aparecieron por nuestra ciudad el matrimonio compuesto por Louisa y Edward-King Tenison. Ella ilustra, él toma fotografías. Su estancia en Sevilla se centra en torno a 1853, donde tomaron unas seis imágenes en uno de sus álbumes.

Nos interesa una de ellas, la titulada Las Arenas, tal vez en recuerdo del coso de Nimes. La imagen (calotipo) está tomada desde el interior, la cámara se colocó en los tendidos de sombra y captó la Giralda y los arbotantes de la catedral, pues las arcadas —que se completaron en 1881 bajo la dirección del arquitecto Juan Talavera— no cierran todavía el edificio.

Tal vez sea —a la espera de que cualquier día un investigador o un coleccionista en un mercadillo encuentre otra— la imagen más antigua de la plaza de toros de Sevilla y se encuentra en la Biblioteca Nacional de Francia en la actualidad. Sorprende a nuestra visión contemporánea la disposición de las tablas y burladeros, los extraños pivotes colocados justo antes de las localidades de barrera y la sensación de decadencia que desprende la panorámica de un coso vacío de espectadores. No podemos olvidar que en esas fechas parte de los tendidos son todavía de madera.

Para el irlandés Tenison (1805-78), que también nos dejó una memorable imagen de la Plaza de San Francisco, la Real Maestranza debió ser un edificio exótico, difícil de encajar su utilidad en la mente de un anglosajón que viajó por España con la misma incredulidad que tuvo el autor del Libro de las Maravillas.

Seis años más tarde arribó a la ciudad del Guadalquivir Louis de Clercq (1837-1901). Este alcalde y diputado también fue viajero y aficionado a la fotografía. Sus correrías por el mundo tuvieron como protagonistas los territorios de Palestina, Egipto y, lo que nos interesa, España.

 

Vista exterior del coso por De Clercq (1859), desde la actual paseo de Cristóbal Colón. © Fototeca Municipal de Sevilla

También es atrapado por ese presumible exotismo oriental de Sevilla, muy en boga en el siglo XIX. Planta su cámara en el actual paseo de Cristóbal Colón y nos deja una albúmina de 18×24 centímetros titulada Fachada y explanada de la Plaza de Toros de la Real Maestranza. Tomada en 1859 —el autor tenía 23 años— llama la atención la gran explanada que hay delante del coso y el abrevadero para las monturas en el ángulo inferior izquierdo. Todavía el arquitecto Balbino Marrón no había alineado la cestería.

No podemos apreciar la reja actual, colocada muchos años después, ni el edificio de la casa maestrante, anexo al coso a través de una galería cubierta, ingenio arquitectónico de Aníbal González que se construyó entre 1927 y 1930, ya una obra póstuma de su diseñador. Con el paso de los años se tomaron más imágenes, como las catalogadas en las primeras décadas del siglo XX, donde se acometen nuevas obras en el coso para darle a los tendidos la imagen actual, construidos de ladrillo visto, quedando los de madera debajo de los actuales, así como la reforma de las localidades de barrera.

¿Qué ocurre en la Maestranza en 1850? Se lidian corridas en las que decaen los varilargueros en pos de los diestros a pie, como Curro Guillén, El Tato o Desperdicios. Pero me temo que hablar de diestros ahora sería una auténtica osadía. Quedémonos con las imágenes estáticas, el toro pone el movimiento.

Fernando Martínez
Editor de FM Revista de Cultura
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