Tal vez el tigre sea, de los grandes felinos, el que encuentra más acomodo en la literatura de aventuras. © Philippe Rouzet

No hay mejor forma de saborear el verano que viendo tigres, créanme. Los felinos, los grandes felinos, tienen en sus miradas acuosas la llamada de la jungla, de los bosques espesos de la India, donde unos ingleses subidos a pacientes elefantes echan unos tiros después de tomar un té. «Profe, cuando quieras te vienes a ver mis tigres», escuché asombrado una tarde.

Así me habló un alumno el último día de clase, cuando el timbre sonó achacoso después de diez meses agotadores. ¿Tigres? «Sí, son dos, macho y hembra; mi padre los tiene porque compró el camión de un circo y se encontró con la sorpresa cuando el dueño se marchó». Tigres cerca de mi casa y sin pagar entrada. Sencillamente, tremendo. ¡El verano deseado por los funcionarios en retirada, plagado de calor y hastío! ¡Y con tigres a la vista!

Los tigres, como es natural, sesteaban. Una mirada de reojo allá y un bostezo por acá. Fuertes, sanos, poderosos… y enjaulados. La vida salvaje lleva soportando recortes desde los tiempos del Paleolítico. Se llaman Boris y Sabiona (!) y se alimentan todas las tardes con lustrosos caparazones de pollo entre eructos de carne fresca y cubos enteritos de agua.

Y yo que pensaba que iban a rugir al verme. No sé, tal vez por representar yo al hombre blanco-cazador-omnívoro o los torpes andares de Jim Corbett, que todo es posible. Cuando se les observa echados se piensa que no hay un animal más británico que el tigre, que duerme a sus pies como alfombra o acecha al gobernador de Karnataka en la ciénaga del río Kali.

«No se llevan bien, andan siempre a la gresca». De repente, Boris se levantó. Dio un paseo cerca de las barras de la jaula y me miró fijamente. En casa me dejé el salakot y, como siempre ocurre en las grandes ocasiones, la cámara de fotos. Sí, ya sé, tengo que comprarme la digital cuanto antes porque mi teléfono móvil no tiene ni cámara.

Rugió el pobre animal más bien por aburrimiento y se estiró en una postura imposible. Fue su forma de decir buenas tardes. No pude mover un músculo, pues estaba paralizado debido al pánico que sentía por un tigre en cautividad (sic). Estoy muy lejos de las aventuras vividas por el coronel Nightingale o el general William Rice. Suspiré: «¿Dónde os dejo los caparazones de pollo?».

Fernando Martínez
Editor de FM Revista de Cultura
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